Pagar a traidores

Publicado en Libertad Digital el 5 de junio de 2018

El Gobierno de Rajoy, desalojado fulminantemente del poder, se apoyó, en su debilidad, en el PNV, un partido separatista que le cobró carísimo su respaldo. No solo le sacó cientos de millones, sino que le hizo claudicar de sus supuestos principios morales y aceptar que fuese ese partido el que decidiera de qué manera había que hacer un hueco a ETA en la política vasca.

Como el gobierno defenestrado sabía que eso no gustaba a sus votantes decidió mentir con descaro para ocultar sus cesiones, aunque es muy difícil no ver la dejación y la laxitud con que ha actuado en todo lo que rodea al indigno final del terrorismo que estamos viviendo.

Finalmente, tras cruentas negociaciones en la sombra, los presupuestos fueron aprobados. Para neutralizar cualquier asomo de sospecha acerca de la venta fraudulenta, nos contaron que la máxima exigencia del PNV había sido la subida de las pensiones, algo muy acorde con su trayectoria de partido comprometido socialmente con las necesidades de los españoles. Y nadie cuestionó semejante maniobra de distracción.

Ocurre que, mientras el PNV hablaba con el Gobierno para sacar una enorme tajada de su voto afirmativo a los presupuestos, ya llevaba meses de negociación con el renacido secretario general del PSOE, quien se mostraba dispuesto a reconocer “la identidad nacional vasca” en un nuevo Estatuto de Autonomía -repetición de lo que está ocurriendo en Cataluña- y por supuesto a ceder la competencia de prisiones para sacar de la cárcel a los pocos terroristas que quedan ya cumpliendo condena.

Una vez más, el PNV jugando a dos bandas ha traicionado a todos menos a sí mismo, ha logrado fortalecer su proyecto separatista y nos mira con sorna, consciente de que son nuestros errores los que le permiten avanzar en su objetivo de ruptura de la Nación.

Y es que la contumaz costumbre de apoyarse en los partidos separatistas para retener o alcanzar el poder con la excusa de que contribuyen a la gobernabilidad de España, es la que nos ha traído hasta aquí. El empeño en aceptar los chantajes de los separatistas de todo pelaje, aun sabiendo de su intrínseca deslealtad, es lo que ha hecho posible que España vaya a ser gobernada con el auspicio de los que la quieren destruir y de que estemos poniendo en alto riesgo nuestra propia existencia.

No todo vale para mantenerse en el poder, ni todo vale para echar a un presidente. Los separatistas -todos- son enemigos de España. Lo sabemos bien. Pero mientras quienes gobiernan o quienes quieren gobernar estén dispuestos a cerrar los ojos y a pagar a traidores, seguiremos estando en sus manos. Hasta que consigan que desaparezcamos.ubli

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Ya no matan

Publicado en Libertad Digital el 23 de abril de 2018.

Nos esperan el olvido y la soledad. Dirán que siempre se recordará a las víctimas, que recibirán el reconocimiento que merecen. Pero es mentira. Las víctimas serán olvidadas. Solo las recordarán sus familias, en la intimidad del hogar y del dolor. Así será, inexorablemente, porque es necesario para unos, indiferente para otros y los que deberían impedirlo no lo harán.

Dicen que ya no habrá más muertos. Es un alivio inmenso. Podremos vivir sin miedo, esa emoción primaria y paralizante que nos ha atenazado durante tantos años. Quizá esa sea la razón del Síndrome de Estocolmo colectivo que estamos padeciendo. Nuestros agresores ya no van a atacarnos más, han decidido erradicar los crímenes de su actividad futura. Nos perdonan. Nos dejan vivir. ¡Y dicen que nos respetan! Por eso debemos darles las gracias y estar muy contentos. A cambio piden poca cosa, que nos olvidemos de todo, que les dejemos ser y estar, pasearse, vanagloriarse, representarnos, contarnos sus historias -no todas, solo las que no comprometan a sus compañeros- y, sobre todo, que sus víctimas no les molesten. Nada de justicia, mucho silencio y si acaso algo de difusión si alguna se muestra proclive al perdón y la reconciliación de igual a igual.

Están tranquilos. Saben que ocurrirá así. A pesar del ruido, de las palabras altisonantes, de la sincera indignación de muchos ante su infame propaganda. Su estrategia funciona. Aunque no engañe. Porque los que pueden impedirla no lo hacen. Y no lo hacen porque les parece bien que los que mataron a tantos españoles se rehabiliten y formen parte de nuevo de la sociedad. Como si nada. Hace mucho tiempo que decidieron que estaban dispuestos a pagar ese precio.

Tienen futuro. Incluso conquistarán el poder que anhelan y transformarán la historia a su antojo.Convertirán el mal en bien. Explicarán que a veces matar es legítimo y necesario -según a quién, porque no todas las vidas son iguales- y que tuvieron que hacerlo para conseguir llegar a donde están. Pero que han renunciado a volverlo a hacer y por eso ya no se les puede reprochar nada. Y como no se les puede reprochar nada, las víctimas y su cansina reclamación de justicia no deben molestar.

Mientras, los que podrían haber impedido este escenario indigno, injusto, cobarde y tramposo, nos dicen que los terroristas han sido derrotados sin contrapartidas. Y quieren que nos lo creamos.

Ya no matan. Lo demás no importa.

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Defender la historia y la verdad

Publicado en Valores y Sociedad el 20 de marzo de 2018

Las Fundaciones Valores y Sociedad y Villacisneros organizan mensualmente unas mesas redondas y conferencias para “El necesario fortalecimiento de España” que están despertando a la sociedad civil del letargo al que algunos la quieren someter. Cuando se comparte espacio ideológico, a los que mandan no les suele gustar que haya quien se desvíe de lo establecido como políticamente correcto, diciendo lo que les resulta molesto escuchar. Sin embargo, es necesario, es imprescindible. La libertad de expresión, que consagra nuestra Constitución, garantiza también el libre pensamiento y la pluralidad, que estas conferencias están canalizando extraordinariamente.

El miércoles 14 de marzo  se celebró la última  de ellas, bajo el epígrafe “La defensa de nuestra historia”. Ponentes de primer orden mostraron su unánime preocupación por la amenaza que se cierne ante la sociedad española a través de la posible aprobación de una ley que pretende establecer una única visión del pasado reciente de España, imponiendo multas y penas privativas de libertad a quienes no se ciñan a aceptar esa historia obligatoria.

Y es cierto. Hay movimientos ideológicos que buscan falsear el pasado para resarcirse de sus resentimientos. Pero también ocurre, muchas veces sin mala intención y sin leyes de por medio, que se puede dar una visión incompleta de la historia porque se narra o analiza solo desde un punto de vista determinado. En la mesa redonda del 14 de marzo, Rafael Arias-Salgado hizo una defensa cerrada de la ley de Amnistía de 1977 como instrumento que sirvió para la reconciliación nacional. Se vanaglorió incluso de que fueron amnistiadas no solo aquellas personas encarceladas por delitos políticos, sino que también lo fueron las que tenían “delitos de sangre”; es decir, los asesinos. Es decir, los terroristas de ETA.

La verdad histórica, aunque sea muy incómodo reconocerlo, es que aquella amnistía sacó de la cárcel a 1.232 etarras, que el 55 por ciento de ellos, 676, se reincorporaron a la banda asesina, tal y como detalló el diario ABC en un reportaje publicado el 31 de enero de 1996 (http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1996/01/31/024.html) y que aquellos etarras amnistiados fueron los autores de los asesinatos que en los años sucesivos sembraron España de muerte y sufrimiento. La realidad histórica es que los 77 crímenes que ETA había cometido antes e incluso durante la tramitación de la amnistía quedaron impunes.

El pasado no se puede cambiar, ni tergiversar, pero se debe conocer. Y, desgraciadamente, la Ley de Amnistía que pretendió hacer borrón y cuenta nueva para la reconciliación de los españoles, tiene ese trágico lado oscuro que no se puede soslayar.

Como dijeron Tom Burns y Marcelino Oreja en la mesa redonda, la historia son hechos, la memoria son recuerdos. Y los hechos están ahí, cada uno que los interprete como le parezca, sin imposiciones y sin ocultamientos. Lo que a unos les parece que fue bueno, a otros les parece que no. No nos pueden obligar a que todos pensemos lo mismo. A mí me parece que la Ley de Amnistía se debió de hacer de otra manera más prudente, previsora y justa. Y quisiera que la historia también contase sus trágicas consecuencias negativas. Y lo tengo que decir.

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Crimen y castigo

No utilicen políticamente a las víctimas

Publicado en El Mundo el 13 de febrero de 2018

El Gobierno de España, junto con el partido que lo sustenta, ha iniciado una intensa campaña para conseguir que no se revoque la Prisión Permanente Revisable aprobada por el Congreso en marzo de 2015 en el marco de la Ley de Seguridad Ciudadana. Por esta razón, en todos sus actos y declaraciones, exige -a algunos, no a todos- el apoyo incondicional a esta medida so pena de que si no la secundan pasen a ser considerados adláteres de los más crueles criminales que pueblan nuestra nación.
Ocurre, sin embargo, que en 2003 otro Gobierno, apoyado por las mismas siglas, aprobó una Ley Orgánica denominada de “Medidas de reforma para el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas”, que modificó el Código Penal para elevar el límite máximo de cumplimiento a 40 años y para que los beneficios penitenciarios, los permisos de salida, la clasificación en tercer grado y el cómputo de tiempo para la libertad condicional en los supuestos de crímenes especialmente graves se refiriesen siempre a la totalidad de las penas impuestas en las sentencias, además de incorporar períodos mínimos de cumplimiento efectivo de las condenas antes de que se pudiese otorgar el tercer grado penitenciario y la libertad condicional.
Por tanto, ya teníamos una Ley que venía a impedir que en el futuro se siguiera produciendo la escandalosa situación de los asesinos múltiples, en su inmensa mayoría etarras,  condenados a cientos o miles de años que pasaban un máximo de quince años en prisión, merced a lo estipulado por el Código Penal de 1973. También teníamos la doctrina Parot, que precisamente trataba de subsanar la levedad de aquel código y que se empezó a aplicar en 2006. Esa doctrina fue oportunamente derogada en tiempos del actual Gobierno por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con el juez español Luis López Guerra argumentando en contra de su propio país. Setenta y ocho criminales, la gran mayoría terroristas, pero también otros delincuentes, salieron de la cárcel en una interpretación de aplicación de la sentencia que no fue precisamente restrictiva.
Entonces lo consideraron inevitable. Ahora, defienden a capa y espada la prisión permanente revisable, que es una buena medida, no lo discuto. Pero que no era necesaria con la mucho más estricta ley de “Reforma para el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas” vigente. En cualquier caso, no se puede utilizar la defensa de una medida que dos millones de españoles han apoyado con su firma y que está siendo promovida por personas que han sufrido terribles tragedias en sus vidas, para atacar al competidor político, mientras al verdadero adversario, al que ha propuesto su derogación, o al que la apoya, no se le critica porque electoralmente no se le considera un rival o se le necesita para que apoye los presupuestos.

Las víctimas de delitos de asesinato, sus familias, se merecen el respeto de los gobernantes y de los partidos políticos. No pueden ser utilizadas políticamente con fines ajenos al interés prioritario de protegerlas y de garantizar su derecho a la justicia. Hacerlo es una indecencia y una inmoralidad.

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Perversión informativa

Publicado en El Debate de Hoy el 17 de enero de 2018.

La influencia de los medios de comunicación en la opinión pública es incuestionable. En las facultades de ciencias de la información se enseña que una de las funciones de la televisión, además de informar y entretener es formar. Eso ya se practica poco, se ha sustituido –especialmente en las televisiones autonómicas controladas por los nacionalistas- por un adoctrinamiento constante, a veces burdo, a veces ridículo, pero también a menudo ofensivo e inmoral. Y por desgracia, casi siempre muy eficaz.

Uno de los últimos ejemplos de manipulación ideológica a favor de fines espurios que sobrepasan la labor informativa, ha sido la emisión por parte de la televisión pública vasca de un reportaje sobre hijos de terroristas en prisión, en el que se les presenta como víctimas de la injusta crueldad represiva de un estado que no tiene sensibilidad para evitar que tengan que desplazarse miles de kilómetros para visitar a sus padres encarcelados no se sabe muy bien porqué. Y es cierto, esos niños son víctimas inocentes, sí, pero lo son de sus propios padres delincuentes, en muchos casos asesinos sin piedad. Esa es la causa de que no vivan  en familias en las que ninguno de sus miembros tenga que saldar cuentas con la sociedad. Y ese debería ser el enfoque honesto de cualquier reportaje que abordase esa cuestión.

Los medios, además, tienen la capacidad de elegir los temas a abordar. Cuando no se habla de algo no existe y cuando se emite un reportaje en “prime time” puede llegar a tener una gran repercusión. La emisión del programa sobre los niños hijos de terroristas ha sido cuidadosamente preparada para que coincida con la manifestación a favor de los terroristas encarcelados que se celebró el 13 de enero en Bilbao, en la que por cierto también se utilizó sin ningún escrúpulo a niños, sin respetar su derecho a la intimidad. La obvia pretensión de estas iniciativas es apoyar las excarcelaciones, la impunidad, la injusticia, aunque sea mancillando esa  inocencia infantil lastrada por las culpas de sus mayores.

Pero lo que resulta especialmente inmoral, ofensivo, cruel y perverso es que esa televisión no dedique ni un minuto de su tiempo a los niños que han crecido sin padres porque ETA los asesinó. Para esos niños no hay cámaras, ni compasión, ni empatía. No importa la ausencia irremisible de la figura paterna, el vacío, la soledad, el dolor, la desesperación, el terrible encuentro con un mal desconocido e inesperado. ¿Acaso esos niños no merecen que su testimonio sea escuchado? ¿Acaso su mensaje no puede despertar conciencias, ayudar a sanar a una sociedad tantos años podrida por la complicidad y el silencio? ¿O es que no se quiere mostrar la realidad, la verdadera estela de dolor que el terrorismo ha provocado y que sigue presente en las miles de personas que sufren cada día la falta de sus seres queridos?

Por eso es tan indecente lo que hace la televisión autonómica vasca, lo que calla y lo que cuenta, su perversa contribución al blanqueamiento de los criminales utilizando a unos niños cuyos padres están en la cárcel por ser terroristas, y ocultando la inocencia ultrajada de los huérfanos; de esos otros niños que ni siquiera recuerdan la imagen de sus padres porque cuando los mataron ellos eran todavía bebés; de esos adolescentes heridos en el alma para siempre, de esos jóvenes o adultos golpeados sin piedad por la maldad del fanatismo. Es indecente que ocurra algo así en una televisión pública, que esa estrategia vil de promoción de la comprensión hacia ETA se pueda ejecutar sin consecuencias; como es indecente que los terroristas acudan a las tertulias televisivas o que se retransmitan -¡y se hagan!- los homenajes que reciben cuando salen de prisión.

Aquellos que dicen defender la dignidad de las víctimas deberían demostrarlo con hechos, impidiendo que ofensas tan dolorosas y humillantes ocurran cada vez más ante la indiferencia general.  Porque no se trata solo de la dignidad de las víctimas y de respetar su dolor, se trata también de la dignidad de la Nación y del respeto por nuestro Estado de Derecho.

 

 

 

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El terrorismo no es historia

Publicado en Arovite.com el 20 de noviembre de 2017.

Hace seis años que la banda criminal que ha arrebatado inmisericordemente 858 vidas, ha mutilado física y emocionalmente a miles de personas y ha sometido a la sociedad española a un estado de alerta y temor permanentes, pactó con el establishment político dejar de matar con contrapartidas y sin dejar de existir.

Desde entonces, con prisa y sin pausa se ha ido implantando un clima de indiferencia, una mirada fría, una actitud distante, cansada, incluso aburrida ante un pasado doloroso que se quiere olvidar. ETA ya no mata, lo demás no importa. No importa que cientos de los crímenes que cometió aún permanezcan impunes. No importa que a los terroristas que salen de la cárcel se les reciba en sus pueblos con homenajes públicos, no importa que el Gobierno Vasco financie con millones la equiparación del terrorismo con “otras violencias” ni que lo incluya en una amalgama de periodos históricos que pretende situar a la par. Ni tampoco importan las víctimas, ese molesto recordatorio que impediría la obscena justificación del terror.

Las víctimas, a las que se está convirtiendo en objeto de estudio, de análisis sociológico que se observa con asepsia investigadora. Las víctimas, que han dejado de ser un referente, un símbolo de la defensa de España, de su democracia y de su libertad. El gran valor que representan, su fuerza, su capacidad para aunar a los españoles, para que nos sintamos orgullosos de nuestra resistencia como Nación frente al fanatismo separatista y criminal, se está diluyendo inerme ante la voluntaria deserción de quienes nos dirigen, que han decidido complacer a los nacionalistas en su pretensión de arrumbar los pecados que les incomodan.

Pero el terrorismo y sus víctimas no son historia. No todavía. Y no lo serán mientras exista un solo hijo sin padre, un padre sin hijo, una esposa sin marido, un hermano, un nieto, un amigo, una sola persona amputada de un ser querido. Y no lo serán mientras un solo asesinato haya quedado impune y un terrorista permanezca sin ser juzgado. Y no lo serán mientras la sociedad en su conjunto no haya superado los efectos devastadores que ha causado ETA y haya rechazado de plano los planteamientos perversos que la alimentan hoy todavía y que pretenden justificarla para la posteridad.

El tiempo puede ayudar a convivir con el dolor por la pérdida, por la ausencia irremisible, pero también ayuda –y mucho– sentir la protección del Estado, su apoyo incondicional. Cuando hay familias mutiladas por el terrorismo que descubren que el autor del asesinato lo pudo cometer porque se benefició de la amnistía de 1977, que no ha sido procesado por un error judicial, una negligencia o ausencia de investigación, que participó en negociaciones con el Gobierno, que un parque infantil, una calle o un monolito, están dedicados a su memoria, que en institutos e ikastolas hay profesores que promueven homenajes a los etarras que mataron a su familiar, ¿qué pueden sentir? Desde luego, no el amparo del Estado de Derecho.

La lucha contra el terrorismo ha tenido luces –muchísimas, muestras de heroísmo, de determinación, de firmeza, de resistencia– pero también sombras que si no se pueden subsanar, al menos se deben reconocer. Y nos queda por construir un futuro en el que la derrota que se merece la banda ETA y cuanto la rodea sea real, completa y definitiva. Y para eso hace falta justicia sin mancharla con impunidades acordadas en la sombra, hace falta claridad conceptual y perseverancia y es indispensable no renunciar a la ejemplaridad, al valor excepcional del significado moral de las víctimas del terrorismo, sin permitir que los que quieren salvar a los terroristas de su abismo de maldad diluyan sus crímenes en un magma de indecentes equiparaciones.

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El alma de España

Publicado en Libertad Digital el 10 de octubre de 2017

España tiene alma, un alma profunda y arraigada que cuando ve su cuerpo en peligro aflora con fuerza para defenderlo. Así  ha ocurrido cada vez que su integridad ha sido atacada. A lo largo de la historia, el espíritu de pertenencia  a una patria común nos ha impulsado  a defendernos de los que sucesivamente han intentado dominarnos. Desde los árabes, a los que logramos expulsar tras ochocientos años de tenaz voluntad, hasta los franceses, ante cuya invasión fue el  pueblo quien se rebeló. También nos hemos enfrentado entre nosotros -muchas veces por desgracia y también en Cataluña en 1640- pero desde la etapa contemporánea,  nuestras terribles  luchas fratricidas nunca lo han sido para separarnos sino para tratar de imponer visiones contrapuestas. Austrias frente a Borbones, liberales o Carlistas, guerras civiles, golpes de Estado, revoluciones, convulsiones de todo tipo han jalonado nuestra  historia y, a pesar del daño que causaron, quienes promovieron esos episodios lo hicieron en aras del bien de la Nación. Siempre. Aunque estuvieran equivocados. Hasta que llegaron los nacionalistas.

Los nacionalistas han sembrado una discordia mucho más peligrosa porque alcanza a la pura esencia del ser de España. No discrepan en el enfoque, en el qué hacer o el cómo hacer, teniendo como marco natural e indiscutido a la Nación española. Ellos discrepan en el fondo, en  la propia existencia de la  Nación, no quieren el bien común –sea por el camino que sea- solo quieren el suyo propio. Pretenden destruir nuestro ser. Por eso son el cáncer más peligroso que nos puede atacar. Y por eso es imperativo e insoslayable atajar su propagación sin permitir que crezca y se fortalezca.

Sin embargo, hace muchos años que España padece un nacionalismo feroz y traicionero al que los sucesivos gobiernos han dado alas irresponsablemente a cambio de mezquinos intercambios con intereses cortoplacistas. No se molestaron en prever o calibrar lo que ocurriría y ahora lo tienen enfrente, poderoso y retador, lanzando un órdago ante el que no saben cómo reaccionar. Un órdago infamante que los separatistas creen que pueden ganar porque han ganado ya muchas partidas hasta llegar hasta aquí. Y quizá sus cálculos hubieran sido acertados si solo hubieran tenido que seguir avasallando a un Gobierno pusilánime. Pero se han topado con el pueblo español. Se han topado con el alma de España que vive en cada uno de sus hijos; esos hijos que tantas veces se han peleado entre sí pero que siempre han sabido que  su casa es la de todos; esos hijos que, aunque la quieran de distinta manera, lo primero que quieren es que su patria exista. Y por eso, los españoles catalanes, apoyados por los del resto de España, salieron el domingo 8 de octubre a la calle, a proteger su casa, a proteger su ser. Y por eso se pusieron delante de los gobernantes para marcarles el camino, para decirles que ellos, que nosotros, los que fueron, los que somos y los que serán, conformamos esta Nación imperfecta pero fuerte, mucho más fuerte de lo que muchos pensaban. Y si ese Gobierno, esas instituciones, no son capaces de cumplir el mandato fundamental de preservar nuestro ser, los españoles se lo reclamaremos también a ellos, al igual que lo hemos hecho a lo largo de la historia cada vez que nuestros dirigentes no supieron estar a la altura de los acontecimientos. Como ocurrió, sin ir más lejos,  con Godoy.

 

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