Hasta aquí hemos llegado

Publicado en El Mundo el 13 de noviembre de 2020.

Hasta aquí hemos llegado. Qué gratificante hubiera sido escuchar esas palabras desde la Tribuna de los Oradores del Congreso dirigidas hacia quienes debían dirigirse, hacia esos representantes de la indignidad que se sientan en la sede de la soberanía popular a pesar de las ideas que defienden y los comportamientos criminales que avalan. Pero no. No hemos escuchado esa declaración de intenciones tan necesaria, tan imperativa, tan redentora, sino que lo que nuestra atormentada sociedad ha recibido, entre desolada y rendida, ha sido el mensaje definitivo de que esos miserables que jalean la muerte deben ser, son ya, los compañeros de este Gobierno indecente que pisotea el tributo de sangre de los españoles caídos en defensa de la libertad y de la Nación. 

Se ha culminado un proceso sucio y oscuro, lleno de mentiras y traiciones, tan indigno que ni siquiera sus promotores se atreven a desvelar las miserias que esconde. No hace falta. Han ido aflorando una a una del barro en el que se ocultaban. Quizá ahora haya quien se arrepienta, quien lamente no haber destruido a la serpiente pudiendo haberlo hecho; y también habrá quien se aflija de haber seguido estrategias tortuosas, interesadas y cortoplacistas sin calibrar los peligros que encierran los movimientos que alimentan a los monstruos que nos pueden devorar.

Y ese monstruo que ha estado cincuenta años tratando de destruirnos quiere seguir, va a seguir.  “Vamos a Madrid a tumbar al régimen”, dicen. Y el Gobierno que tanto ha mentido, no solo calla sino que consiente que uno de sus miembros más destacados afirme que la organización transmutada “participará en la dirección del Estado”. Y, pasando por encima del horror de muchos españoles, habrá quien se alegrará de que eso ocurra y creerá que hay que asumir con naturalidad que esa banda criminal legitimada intervenga en la gobernación de España, a pesar de que lo que quieren es destruirnos,  de que apoyan a quienes han matado, reivindican su pasado sangriento y anuncian sin pudor sus intenciones, las mismas de siempre. 

Aunque, pensándolo bien, no deberíamos sorprendernos porque el terrorismo separatista vasco ha influido en la política desde la transición.  Cada crimen respondía a un objetivo y muchos se consiguieron por la debilidad o por las decisiones bienintencionadas pero equivocadas de los gobernantes. Lo han reconocido públicamente algunos de los ministros de la lejana UCD, como Otero Novas, que habló del error del apacigüamiento frente a Eta que en tantas ocasiones se ha intentado. Y así, muerto a muerto, esos asesinos y sus tantos aliados han cincelado, eliminando obstáculos, el País Vasco que querían construir. Ahora, tras las negociaciones que les han permitido acceder a las instituciones y no solo condicionar Gobiernos sino ser sus aliados, persistirán en el empeño de alcanzar lo poco que les queda ya por conseguir y contarán para ello con la colaboración entusiasta de quienes dirigen por rumbos siniestros el destino de nuestro dolorido país. Hemos llegado hasta aquí, pero nadie ha dicho a quién debía “hasta aquí hemos llegado”. Y por eso, los representantes de Eta en el Congreso -que nunca debieron estar ahí-, en esa misma tribuna en la que el Gobierno otorga, golpean profundamente nuestra dignidad colectiva y nuestros sentimientos y anuncian altaneros que “Hoy no acaba nada. Hoy empieza todo”. Lo terrible es que tienen razón.

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Señor presidente, es usted un canalla

Publicado en ABC el 10 de septiembre de 2020

Quizá puede parecer un exceso calificar al presidente del Gobierno de España como un canalla pero no es más que una definición que se ajusta perfectamente a su comportamiento: persona que merece desprecio, ruin y miserable. Por desgracia, las palabras de Pedro Sánchez en el Senado lamentando la muerte de un terrorista al que mencionó con nombre y apellidos, obviando los motivos por los que estaba en prisión y sin dedicar tan siquiera una escueta mención hacia las víctimas que contribuyó a causar, se puede y se debe calificar como una actitud absolutamente ruin y miserable que merece todo el desprecio de la sociedad. Porque, además, desde su alta responsabilidad, el presidente del Gobierno tiene una inmensa capacidad de influencia que repercute directamente en la opinión pública y que debería emplear en todo lo contrario de lo que hizo: en ensalzar el recuerdo de los que perdieron su vida defendiendo a España, la democracia y la libertad y en recordar que se les debe hacer justicia.

El día que Pedro Sánchez se mostró apesadumbrado por el etarra muerto, se conmemoraba el asesinato de Cristobal Martín Luengo, subteniente de la Guardia Civil, uno de los cientos de muertos provocados por esa banda criminal. Pero ni para él, ni para ninguna víctima del terrorismo, el presidente tuvo ni la más mínima alusión. Y no la tuvo intencionadamente, porque ha asumido las tesis de ese partido en el que se apoya para gobernar y ha decidido -para no molestarlo-, ocultar la terrible trayectoria de Eta. Resulta estremecedor comprobar como el Gobierno arrumba la memoria del sacrificio de tantas vidas truncadas por el fanatismo separatista; como obvia descaradamente el profundo daño que ha causado en la sociedad y acepta las insidias sobre nuestro sistema penitenciario, sabiendo, como sabe, que si existe algún privilegio en las cárceles es, precisamente, para los terroristas de Eta.

De la trayectoria de ese sujeto que se ha quitado la vida -¿quizá por el peso del arrepentimiento?-, poco sabemos, -no interesa entrar en detalles- solo que fue sentenciado por colaboración con banda armada, tenencia de armas y falsificación de documentos oficiales. Pero si se investiga un poco se encuentra que durante el juicio que se celebró en la Audiencia Nacional en abril de 2007 declaró que «seguiría ejerciendo la lucha armada» y que no reconocía a un tribunal «español y fascista». Ese es el individuo por el que se preocupa el Presidente de todos los españoles.

¿Cómo es posible que hayamos llegado a esta situación tan envilecida? ¿Cómo es posible que tengamos que escuchar a los representantes de Eta defendiendo a los asesinos en el Congreso? No ha sido sólo Pedro Sánchez el que nos ha traído hasta aquí. Él se encontró con el camino expedito. Se lo desbrozaron antes los que decidieron legitimar a Eta y permitirle estar en las instituciones. Disfrazaron las cesiones como una derrota para ellos y como un triunfo para la democracia. Un triunfo que consiste, entre otras muchísimas infamias, en escuchar en la sede de la soberanía popular que los «presos» son «víctimas de la venganza del Estado», en que políticos inmorales necesiten a esos representantes de la indecencia y les entreguen sin pudor la dignidad de los españoles para seguir en el poder. Los enemigos de España sosteniendo al Gobierno de España, ¿A qué nos puede conducir semejante dislate? Por eso y por mucho más, señor Sánchez, es usted un canalla.

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Terrorismo y política

Publicado en ABC el 22 de junio de 2020

El terrorismo es una forma de hacer política. Perversa y criminal pero, por desgracia, en demasiadas ocasiones, eficaz. Esa es la razón de que en España el terrorismo de Eta haya pervivido tantos años. Ha sido un instrumento con el cual los separatistas han recogido muchos frutos que, sin los atentados perfectamente planificados y ejecutados, nunca hubieran obtenido. Muy posiblemente, las competencias que gestiona el País Vasco no serían la mismas e incluso la configuración política del Estado de las Autonomías sería diferente si no hubiese existido el terrorismo. Eta ha ido cincelando a golpe de sangre y muerte su arcadia soñada de seres superiores, alimentados por el racismo, el odio a los maquetos, a los vascos traidores que se sienten españoles y por supuesto a la Nación de la que reniegan con desprecio y rabia. Eta y sus cómplices -todos los separatistas- han condicionado la política española desde que cometieron su primer crimen hasta hoy. Han construido en el País Vasco una sociedad amedrentada que se ha confundido con el paisaje para sobrevivir y que se ha rendido a la supremacía del separatismo dominante en una comunidad en la que para vivir tranquilo había -hay- que ser nacionalista.

Por eso, la inmensa mayoría de los muertos que el terrorismo de Eta tiene en su haber no son nacionalistas. Los que eran vascos de origen, eran «españolistas» y por tanto, traidores, los policías, guardias civiles o militares eran el enemigo, a los que no pagaban el impuesto revolucionario había que escarmentarlos para que no cundiese el ejemplo, «los chivatos» no merecían vivir. Ninguno tenía para ellos la categoría de ser humano, eran meros objetivos que había que abatir para conseguir el fin que todo lo justificaba. Y así, sin piedad, los fanáticos envenenados de odio han ido destruyendo vidas y familias y han desafiado al Estado para destruirlo. No lo han conseguido. España sigue existiendo, a pesar de ellos y a pesar de los jirones que le han arrancado, a pesar de que la presencia del Estado es casi testimonial en los territorios que controlan con sus hermanos del PNV. Pero España tampoco los ha destruido a ellos. Esa es nuestra vergüenza. Pudimos hacerlo, debimos hacerlo, pero no lo hicimos. Les dimos una espita por la que escapar. Nos olvidamos de nuestros muertos, de nuestros héroes, de los que se sacrificaron por nuestra libertad y por la integridad de nuestra Nación, nos olvidamos de nuestra dignidad y en despachos escondidos se acordó que merecían seguir existiendo, ahora bajo la capa de la honorabilidad.

Y esa es la causa, solo esa claudicación, de que hoy tengan la capacidad de poner y quitar gobiernos como hicieron hace un año en Navarra y han hecho con el propio Gobierno de España. Se les ha permitido formar parte del juego político como premio por dejar de matar. Sí, es miserable y repugnante dejarse apoyar por ellos, pero también lo es que tengan la posibilidad de hacerlo. Nunca se les debió de consentir que estuviesen en las instituciones. Ha sido una infamia. Esa decisión traidora sirvió para que quienes se vanaglorian de los crímenes de unos asesinos -a los que homenajean impunemente-, sigan condicionando la política española con el único fin de hacernos daño, riéndose de nosotros e hiriendo profundamente los sentimientos de aquellos que no olvidan a los que cayeron, ni por qué cayeron. Escuchar a un ministro del Interior decir que no se puede hablar de Eta «como si siguiera viva», es un escarnio que demuestra la enorme falta de sensibilidad hacia los muertos y sus familias, que padecerán siempre los efectos de los crímenes terroristas. Y también hacia el sufrimiento de la sociedad en su conjunto, como si todo el dolor y el daño se pudieran borrar de la «memoria histórica» selectiva que nos quieren imponer.

Y mientras, quienes con razón califican a ese partido infame como testaferro o heredero de Eta, aceptan su existencia y no se plantean instar su ilegalización porque ya forma parte del sistema, está asimilado.

No nos lo merecemos.

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Los escaños de la deshonra

Publicado en El Mundo el 2 de agosto de 2019

Son contundentes las críticas al PSOE por su actitud con el partido “heredero de ETA”. Se tacha de intolerable que pacte con los representantes de los terroristas y que acepte sus votos o su abstención para gobernar, como desde hoy ocurre en Navarra. Sin embargo, pese a que se da por hecho que Bildu es el brazo político de ETA, nadie reclama que sea ilegalizado.

Es una incoherencia clamorosa que se acepte que un partido al que se acusa de filoterrorista forme parte del establishment político. Desde que en mayo de 2011 fue legalizado -y por tanto legitimado- in extremis por el TC, tras un tortuoso paripé político y judicial para ocultar que era un requisito esencial de la negociación con ETA, Bildu está en las instituciones con normalidad. Poco han importado los episodios vergonzosos que ha protagonizado en el Congreso, en el Parlamento Vasco, en los Ayuntamientos o en cualquier otro estamento en el que está presente:desde el boicoteo a las declaraciones institucionales en contra del terrorismo hasta los homenajes a los asesinos que salen de la cárcel y en los que participan con entusiasmo cuando no son sus propios ediles los que los organizan.

Como muestra, recordar que en la X legislatura, España padeció la ignominia de tener como diputada a una individua que había pedido un aplauso para los asesinos de la T4 y a otro que rompió la Constitución en la tribuna de oradores del Congreso. Y, aunque la Ley de Partidos Políticos, en vigor desde 2002, dice en su artículo 9 que “un partido será declarado ilegal cuando su actividad fomente, propicie o legitime la violencia como método para la consecución de objetivos políticos; dé apoyo político expreso o tácito al terrorismo exculpando y minimizando su significado y la violación de derechos fundamentales que comporta; incluya en sus órganos directivos o en sus listas electorales a personas condenadas por delitos de terrorismo o promueva, dé cobertura o participe en actividades que tengan por objeto recompensar, homenajear o distinguir las acciones terroristas o violentas o a quienes las cometen o colaboran con las mismas”, Bildu no cumple ninguna de estas premisas, pero no pasa nada.

Vemos estos días un gran escándalo -más que justificado, por supuesto- porque el fin de semana uno de los secuestradores de José Antonio Ortega Lara fue recibido en loor de multitudes en Oñate. Pero hace años que se aceptan con indiferencia los homenajes a terroristas que incumplen flagrantemente el artículo 578 del Código Penal. Casi 200 homenajes se han celebrado en dos años. Por eso, cabe la sombra de la duda, la sospecha de la utilización interesada de un asunto tan grave, no para denunciarlo por sí mismo, no para proponer una solución real que vaya a la raíz del problema, que no es otra que el consentimiento inmoral y alegal de que unos asesinos tengan representación política, sino el desgaste del contrincante político, la lucha por el poder. Sin duda, los que ahora alzan la voz escandalizados creen en lo que dicen, pero deberían decirlo siempre, no sólo cuando les conviene. Y deberían también reclamar, insistentemente, que se ilegalice a ese partido. Y, si no se atreven, como parece, al menos deberían demandar a todas y cada una de las personas que infringen la ley para que sean inhabilitadas si así lo estiman los tribunales.

Pero no lo han hecho ni lo harán. Y por eso es posible que el partido de ETA decida quién gobierna en Navarra. Porque se ha aceptado que en los últimos ocho años el portavoz de Bildu en el Parlamento foral haya sido un condenado por terrorismo que pasó año y medio en la cárcel y que fue dirigente de HB, formación que, en 2009, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos avaló por unanimidad su ilegalización al concluir que era un instrumento de la estrategia terrorista de ETA.

Ahora todo eso ya no cuenta. Hace ocho años del viraje político que supuso legalizar el partido de ETA; aquellos polvos traen estos lodos. No podemos estar a expensas de cordones sanitarios voluntarios al albur de la conveniencia del momento porque entonces pasa lo que está pasando en Navarra, que la avaricia por el poder se superpone a la decencia democrática, al respeto a los valores más básicos de convivencia. La verdadera raíz del problema ahora se está plasmando en toda su crudeza en la Comunidad Foral, que va a tener un Gobierno tutelado por los amigos de los terroristas. Se sentaron las bases para que pudiera pasar y ha pasado.

Y muy posiblemente ocurrirá lo mismo en el conjunto de la nación. Los votos de ese partido serán determinantes para la elección del nuevo presidente del Gobierno de España. Y ese pecado original es también la causa de que acabemos viendo al etarra al que entrevista TVE como presidente de la Comunidad Autónoma Vasca. Y, si no, estará en el Parlamento Vasco, o donde quiera estar, impartiendo cátedra y doctrina, impunemente. Y eso ocurrirá porque la democracia española ha decidido permitirlo sin calibrar las consecuencias; o, a lo peor, considerándolas aceptables. Porque nuestros políticos protestan cuando ven en peligro sus parcelas de poder pero miran para otro lado, por ejemplo, si la Audiencia Nacional suspende, con el argumento de que tal acto no las humilla, la declaración de las víctimas de un acto en el que el asesino de sus familiares ha sido homenajeado.

Contra la legitimación de ETA hay que estar siempre. Y, por no haberlo hecho, cada día que pasa se va consolidando la anormalidad de considerar normal que los criminales influyan en los Gobiernos, porque sus escaños son “legales y legítimos”, según dice con cierta lógica la ministra Celaá para justificar la falta de escrúpulos del Ejecutivo del que forma parte. Por eso, si no creemos que todos los escaños son igual de legales y legítimos, actuemos para que la democracia española se libre de ese baldón que la envilece. Hagámoslo por respeto a nuestros muertos y por nuestro futuro, para que lo construyamos desde la verdad y la dignidad. Seamos perseverantes y valientes, persigamos incansables el cumplimiento de la ley, con integridad y coherencia. Aunque en esa batalla no se ganen ni cargos, ni votos, ni escaños.

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Buenas y malas noticias para Navarra y para España

Publicado en El Debate de Hoy el 20 de junio de 2019

Entre tantas noticias descorazonadoras y preocupantes, entre tantas incertidumbres poselectorales, ha brillado por poco tiempo la buena noticia de que el Ayuntamiento de Pamplona ha sido liberado de las garras de Bildu, un partido que nunca debió ser legalizado porque defiende los intereses de ETA. Esta buena noticia ha quedado ensombrecida por el pacto del PSOE para otorgar la presidencia del Parlamento de Navarra a Geroa Bai, la rama navarra del PNV en un juego de equidistancias en el que parece que los socialistas quieren hacerse perdonar su “cesión” en el ayuntamiento y también lograr presidir el Gobierno de la comunidad a cualquier precio.

Pamplona ha estado regida cuatro años por un alcalde que no ganó las elecciones –obtuvo cinco escaños, la mitad  que UPN-y necesitó el apoyo de otros tres partidos para hacerse con el mando de la ciudad. Durante estos años, en sus actitudes y declaraciones el ya exalcalde Joseba Ausiron ha tenido como absoluta prioridad fortalecer el separatismo en Navarra y  ha mostrado una indecente preocupación por los derechos humanos de los terroristas -a los que llama presos políticos-, insinuando que se vulneran, mientras ha tratado de minimizar la brutalidad de sus crímenes.

Una de sus brillantes iniciativas en este sentido fue permitir la instalación de una celda simulada en el centro de Pamplona en la que se encerraron varias personas por turnos para «socializar la conculcación de los derechos humanos que sufren los presos». Y, por supuesto, apoyó la ley de violencia policial promovida por el Parlamento de Navarra, que pretendía buscar excusas y justificaciones al terrorismo y que fue anulada por el Tribunal Constitucional, aunque sus promotores quieren volver a tramitarla.

Un ejemplo muy gráfico de la catadura moral del exalcalde es la composición de la lista municipal que ha presentado en las recientes elecciones a la alcaldía de Pamplona. En ella ha incluido a una individua que en septiembre será juzgada por pertenencia a ETA y para la que la Fiscalía pide once años de prisión. Esa individua ya es concejal del ayuntamiento, lo cual es un bochorno y una indecencia, aunque por desgracia ya nadie se escandaliza de que los terroristas estén en las instituciones.

Atrás quedan unos años en los que el componente ideológico radical ha primado sobre el trabajo diario para mejorar la vida de los pamploneses. La buena noticia es que se abre un nuevo periodo de esperanza para frenar el ansia de los separatistas por cobrarse el trofeo navarro. Navarra Suma ha sido una iniciativa fundamental. Quienes la promovieron supieron calibrar los peligros que acechan a esa comunidad y comprendieron que era imprescindible que se unieran para tener la fuerza necesaria para afrontar el envite separatista.  Gracias a ello, y con el calculado apoyo del PSOE, el Ayuntamiento de Pamplona estará regido por un alcalde, Enrique Maya, que no permitirá que se use la institución para promover el separatismo y la anexión al País Vasco, sino que enfocará su mandato hacia el servicio a los pamploneses, desde el respeto a las leyes y a la Constitución. Si UPNPP y Ciudadanostambién hubiesen permitido que se sumase VOX al proyecto, habrían contribuido a mitigar la tensión absurda que se está produciendo entre partidos obligados a colaborar por el bien de España.

De cualquier modo, la “muralla para contener al nacionalismo” debe ser fuerte para ser capaz de resistir la incansable y pertinaz obsesión de los separatistas, empeñados en privar a Navarra de su identidad. Y para ello debe aglutinar a la gran mayoría de navarros que desean seguir siendo navarros y españoles y que legítimamente reclaman a sus gobernantes que rijan sus decisiones y actos por la voluntad de proporcionar prosperidad, bienestar, seguridad, libertad e igualdad a todos los navarros en el marco de su estatuto de autonomía y de la Constitución española.

Por esa razón, es una pésima noticia que finalmente el PSOE haya puesto en manos de los nacionalistas la presidencia del Parlamento de Navarra, muy previsiblemente a cambio del Gobierno de la comunidad foral. Al final, no ha actuado con visión de Estado y de forma farisea ha aceptado que ese partido que nunca debió de ser legalizado, porque defiende los intereses de ETA, esté en la mesa de la cámara y se abstenga para que la candidata socialista sea la presidenta de la Comunidad.

El PSOE no ha sido capaz de anteponer el interés general de Navarra y de España al suyo propio y al espurio de los nacionalistas. Porque en Navarra no estamos hablando de que gobierne la izquierda o la derecha -eso debería entrar en la normalidad de la alternancia democrática-. Se trata de salvaguardarla del envenenamiento cultural y dogmático del separatismo y de preservar su esencia y su identidad. Lamentablemente, el PSOE no ha estado a la altura. Ellos sabrán por qué lo han hecho y tendrán que asumir la responsabilidad de lo que va a suponer presidir el Gobierno de Navarra con el apoyo de los separatistas y de ese partido que debería ser ilegal porque representa los intereses de ETA. Desolador

 

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Navarra: poder o principios

Publicado en El Debate de Hoy el 4 de junio de 2019

La razón de ser del separatismo vasco es independizarse de España, la del terrorismo de Eta, también. Ambos lo han intentado con denuedo desde el minuto uno de su existencia, complementándose a la perfección.  Inolvidable el símil de “el árbol y las nueces” que empleó para explicarlo aquel malvado excura presidente del PNV. Fueron muchas las nueces, aún las siguen recogiendo. Una de ellas, una de las principales, es Navarra, todavía pendiente de caer del árbol. Navarra ha sido y es una de las conquistas que los separatistas necesitan para culminar sus planes secesionistas. La infame negociación de Zapatero, tan infame como las anteriores, como cualquier negociación con asesinos, puso sobre la mesa Navarra, igual que ahora lo hace el partido político de Eta, ese que fue legalizado como parte de los pactos que se alcanzaron con los terroristas. Entonces no lo lograron, pero su autonomía sigue en riesgo, lo está siempre porque existe una disposición transitoria en la Constitución que contempla la anexión de Navarra al País Vasco, el anhelo de los separatistas, el anhelo de Eta.

Estos días ha saltado la noticia de que el PSOE propuso a Eta un estatuto único para País Vasco y Navarra, una noticia que no es exactamente cierta. En un reportaje publicado por El País el 10 de junio de 2007, se explica con todo lujo de detalles la negociación iniciada el 21 de junio de 2005 en Suiza teniendo como interlocutor al asesino recientemente detenido en Francia, el monstruo Ternera. Entonces, como en cualquier negociación con asesinos, se corrompió el Estado de Derecho y se cometieron ilegalidades flagrantes e ignominiosas como sentarse de tú a tú con prófugos de la justicia, en lugar de instar a su detención y entrega a la justicia española,  para ofrecerles concesiones al margen de la ley.

En ese reportaje se explicaban, asumiéndolas como algo positivo, las cesiones que estaba dispuesto a hacer el Gobierno y que después se hicieron realidad, la de la “paz por presos” que vapuleó el derecho a la justicia de las víctimas del terrorismo al poner en marcha todo tipo de estrategias para excarcelar a los terroristas -la más vejatoria y terrible fue la derogación de la doctrina Parot, escudándose en una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos-;  o la legalización de las marcas políticas de los terroristas que consumó el Tribunal Constitucional en contra del criterio del Tribunal Supremo. Con respecto a Navarra, fueron los representantes de la ilegal Batasuna, entre otros, el ahora considerado “hombre de paz” Otegui, los que exigieron, en aquellas ilegales e indignas reuniones, aprobar un órgano común Navarra-País Vasco con capacidad legislativa, que el PSOE, después de muchas dudas, no aceptó.

Ahora están en juego el Gobierno de Navarra y la Alcaldía de Pamplona, y el PSOE puede elegir entre permitir que gobierne la lista más votada, la que defiende la unidad de España y que Navarra mantenga sus instituciones y su autonomía, o gobernar la comunidad apoyándose en los separatistas que quieren anexionarla al País Vasco, a cambio de cederles la alcaldía. Poder o principios, entreguismo al PNV a cambio de su apoyo a la investidura en el Congreso o respeto a los navarros, a la Constitución y a la Nación, esa es la cuestión.

Quizá en otras regiones de España no tenga mayor importancia que gobiernen unos u otros durante cuatro años. En Navarra tiene muchísima. Porque los separatistas han urdido un plan para privarla de su identidad y lo han puesto en marcha de forma implacable. Y detrás de ese plan está Eta, que es Bildu. El PSOE no puede apoyarse ni tan siquiera en la abstención de ese partido. Sería una indignidad, una inmoralidad, una indecencia, una traición. Ya bastante lo es que esas siglas formen parte del tablero político a causa de esa sucia negociación que cambió la derrota de Eta por un final consensuado que ha mancillado al Estado de Derecho. Ojalá los socialistas tengan grandeza de miras y sean capaces de anteponer el interés general de España a su afán de poder y contribuyan así a salvaguardar Navarra de las garras de los que le quieren robar su identidad foral y española.

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¿Hay que alegrarse?

Publicado en El Debate de Hoy el 17 de mayo de 2019

Han detenido a un asesino, a un criminal que llevaba huido desde el año 2002, a un individuo que ha dedicado su vida entera a destruir las vidas de los demás.  A un monstruo.

Ocho años de cárcel en Francia y cuatro causas judiciales pendientes en España. Eso es lo que dicen que le espera. Ocho años de cárcel por una vida entera dedicada a matar. Ocho años que llegan tarde, muy tarde, cuando ya la propaganda blanqueadora del terror se ha apoderado de la historia. Ocho años que serán muchos menos y que sus tantos cómplices emplearán para mitificarlo.  Ya lo están haciendo. Ya están reclamando para el monstruo la consideración de artífice de la paz. Porque ahora la historia políticamente correcta, la que nadie debe refutar, es que los terroristas son buenos. Son buenos porque han decidido dejar de matar, porque han querido dejar de ser terroristas. ¿Qué importa lo que hicieran antes? ¿Qué importan las vidas truncadas que dejaron atrás? Alguien ha decidido que el pasado no debe condicionar ni el presente ni el futuro. Y en todo caso, ha servido para mucho, al menos a ellos que han logrado imponer en su feudo una hegemonía absoluta del separatismo. Y por eso, su gran familia nacionalista siempre les estará agradecida. Y por eso, el Gobierno Vasco exige cambios en la política penitenciaria y reclama insistentemente la competencia de prisiones. Porque quiere dar a los asesinos la libertad y el olvido.

Y por eso, ese criminal perverso que ordenó y ejecutó tantas masacres, que atacó a España y a los españoles con un odio infinito, que debería pasar el resto de su existencia en la cárcel, no lo hará. Buscarán un motivo, posiblemente la enfermedad, para darle la libertad lo antes posible, y los suyos lo jalearán como han hecho en cientos de ocasiones con otros tantos terroristas al salir de prisión. Y este país se comportará con indignidad porque lo permitirá.

Y ahora, los que facilitaron que durante años ese criminal estuviese libre, aun sabiendo donde estaba y lo que hacía, porque era su interlocutor, dicen que nos tenemos que alegrar de una detención que no sabemos cómo acabará. Hace tanto tiempo que nos mienten, nos ocultan, nos traicionan. Han traspasado tantas veces las líneas de la ética, incluso de la ley, han despreciado tantas veces el derecho a la justicia de las víctimas que resulta muy difícil confiar. ¿Cómo confiar cuando la justicia llega tarde, si es que llega, y cuando está en marcha un proceso acelerado de excarcelación de terroristas? ¿Cómo no temer que esta detención no sea el primer paso para, tras los trámites de rigor, reintegrar en la sociedad a un criminal implacable? Los precedentes son más que inquietantes.

Y la abnegada labor de la Guardia Civil, su operación “Infancia robada” en memoria de los niños que ese miserable asesinó en la Casa Cuartel de Zaragoza, ¿en qué quedará? ¿De qué servirán los esfuerzos y sacrificios de nuestras fuerzas de seguridad?

Hace tiempo que tenemos que soportar la constante presencia pública de un miserable que dirige ese partido político que se legalizó in extremis como contrapartida en una negociación claudicante, una negociación en la que participó el ahora detenido y que impidió la derrota política y real de Eta, la que nos merecíamos los españoles. Quizás en poco tiempo nos encontremos con otro “hombre de paz” en libertad, con sus huestes rindiéndole pleitesía reverencial y puede que ocupando un puesto institucional como cuando presidió la Comisión de Derechos Humanos del Gobierno Vasco cuando ya era un asesino confeso. ¿Quién puede garantizar que no ocurrirá así?

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Los viernes a las ocho

Publicado en El Correo el 10 de abril de 2019

Van llegando por las calles aledañas. A las ocho en punto despliegan sus pancartas. Reivindican a los «presos». Les preocupan los «enfermos», la dispersión, la «crueldad» del sistema penitenciario y por eso todos los viernes a las ocho de la tarde, muestran públicamente en las calles y plazas del País Vasco su solidaridad y empatía con esos encarcelados que ellos consideran que sufren una privación de libertad inmerecida e inhumana, aunque hayan cometido crímenes terribles.

La gente pasa con indiferencia, casi sin verlos. Están acostumbrados a su presencia. Como si fuese normal el apoyo público a una banda terrorista que ha asesinado a 856 personas. Llevan tanto tiempo haciéndolo, con la aquiescencia de las instituciones, que no se objeta su derecho a estar ahí. Parecen pacíficos, pero si alguien osa cuestionarles sus planteamientos, preguntarles por sus sentimientos hacia las víctimas de esos asesinos por los que se movilizan con tanto fervor, entonces muestran su verdadera cara fanática y violenta y se revuelven increpando agresivos a quienes intentan –ingenuos- hacerles ver que sus «presos» están en la cárcel porque son terroristas, porque han asesinado o porque han ayudado a asesinar.

Y si alguna víctima directa pasa por ahí, se muerde los labios y se le encoje el corazón porque no entiende que existan personas capaces de comprender y justificar que se mate a sangre fría a otros seres humanos y porque se siente abandonada por el Estado, que mira hacia otro lado y lo tolera.

Esas concentraciones, como las manifestaciones multitudinarias que cada mes de enero se celebran a favor de los terroristas y a las que acuden decenas de miles personas, son algo inconcebible en cualquier país democrático, no en el nuestro. Y, además, surten efecto. Resulta tremendamente desalentador tomar conciencia de las evidentes concesiones que se han hecho para que los terroristas reduzcan su tiempo de permanencia en la cárcel, con fórmulas como las progresiones de grado- quince en el último mes-, la vía Nanclares, la derogación de la doctrina Parot, los acercamientos o las interesadas peticiones de perdón. Lo que nunca se ha exigido, ni obtenido ha sido la colaboración para ayudar a resolver los más de trescientos crímenes cometidos por Eta de los que no se sabe quiénes fueron los autores.

Al comprobar que se les permite todo, como consecuencia lógica, los mismos que despliegan sus pancartas a favor de los «presos», los reciben alborozados cuando salen de prisión. Últimamente salen muchos. Por eso sus amigos están muy contentos, les bailan aurreskus, les aplauden con entusiasmo y les jalean agradecidos. En 2018 fueron 63 los homenajes públicos. ¿Qué importa el dolor de las familias de las víctimas? ¿Qué importan las leyes que prohíben expresamente el enaltecimiento del terrorismo y la humillación de las víctimas? ¿Qué importa la dignidad de la sociedad?

«Los vuestros en el hoyo y los nuestros en casa». Así recibían en los pueblos a los familiares que acudieron en diciembre de 2013 a recordar a sus seres queridos en los lugares en que fueron asesinados. Se lo espetaban muy seguros, a carcajadas, burlándose de un dolor que consideran ajeno y merecido, convencidos de que eso era lo que iba a ocurrir. Tenían razón. En 2008 había 762 terroristas en prisión. Hoy quedan 228.

La última gran cesión, si nadie lo impide, será la prometida transferencia de prisiones al País Vasco, prevista para el año 2020. El Gobierno autónomo ya ha anunciado que cuando la tenga en su poder, su intención es que al menos el 40 por ciento de los etarras cumplan sus penas en grados abiertos,  uno de sus «objetivos estratégicos», junto con fomentar una «red de reinserción vasca» y un «modelo penitenciario vasco». Todo muy «vasco» para los que han tenido como oficio matar españoles durante medio siglo.

Entonces, los amigos de los terroristas dejarán de salir a la calle porque ya no tendrán nada que reclamar. Y las víctimas seguirán mordiéndose los labios con impotencia porque sabrán que el precio de la paz ha sido la injusticia, la indignidad y la indiferencia.

 

 

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Un señor de Guadalajara

Publicado en El Correo el 15 de enero de 2018

Dice la viuda del periodista José María Portell, Carmen Torres Ripa, que un señor de Madrid, una señora de Guadalajara o un joven de Andalucía no pueden abanderar su pena. También dice que está harta del victimismo de algunas víctimas del terrorismo.

Esta magnífica escritora y periodista opina que le parece estupendo que Otegui brinde con Mendía y que se respeten el uno al otro, aunque piensen diferente. Es un enfoque. El mío es distinto. Yo no estoy harta de ninguna víctima, aunque pueda no compartir sus opiniones y admiro a las que se comprometen públicamente porque consideran que deben combatir las ideas que mataron a sus familiares, porque quieren impedir que se les hurte la justicia que todo Estado de Derecho debe garantizar, y porque pretenden vivir en una sociedad en la que no se admita que el terrorismo tuvo una razón de ser.

Nadie abandera la pena de los que sufren, pero las víctimas del terrorismo no solo son de sus familias, son de todos los españoles atacados por los que han querido –y siguen queriendo- destruir nuestra Nación. Por eso yo sí me siento reconfortada por el calor de un señor de Madrid, de Guadalajara, de Andalucía, de Cuenca, del País Vasco o de cualquier lugar de España. Porque ellos saben que el terrorismo de Eta nos ha perseguido a todos. Yo no desprecio su afecto, ni su empatía, ni creo que, por ser de Guadalajara, o de Andalucía, o de Murcia o de Teruel, no tengan derecho a sentirse concernidos ni a mostrar su cercanía y solidaridad con las víctimas del terrorismo.

Vivimos tiempos en los que desde muchos ámbitos se trabaja con ahínco para dejar en el espacio de lo privado la memoria pública de todas las personas asesinadas por Eta, como si hubieran muerto por una enfermedad y el duelo solo correspondiese a sus familias y amigos. Se pretende eliminar el valor simbólico que encierra su sacrificio, la destrucción que se pretendía de nuestro marco de convivencia. Reclamar justicia es hoy ser vengativo, querer memoria es quedarse anclado en el pasado y en el rencor. El camino por el que nos quieren obligar a transitar es el de que aceptemos entre nosotros a quienes nos atacaron sin piedad, el de que consideremos respetables sus planteamientos ideológicos y el de que les concedamos todo lo que nos pidan. Por si acaso.

Y a pesar de que está claro que se está siguiendo ese camino y de que cada cierto tiempo, una noticia de baja intensidad nos informa de que ha sido excarcelado tal o cual terrorista, y de que se les acerca sin prisa, pero sin pausa a sus lugares de origen, la presión no cesa, -saben muy bien que surte efecto-. Miles y miles de personas han salido a las calles para mostrar su solidaridad con los etarras encarcelados. Es de suponer que pocos de esos que claman por la libertad de los asesinos son de Guadalajara o de Madrid o de Albacete. No. Los que salen con pancartas y gritos a favor de los etarras son esos miles de vascos que durante medio siglo se han sentido -y se siguen sintiendo- mucho más cerca de los que mataban que de los que morían.

Con su semántica tramposa los llaman “presos políticos, deportados y exiliados”, como si fuesen seres a los que la justicia y la ley no se les pudiese aplicar. “Ahora, los presos”, dicen en sus pancartas. ¿Qué fue antes?, cabe preguntarse. Mucho. Demasiado. Y cada vez se sienten más seguros de que van a lograr su propósito de que los asesinos sean rehabilitados y las víctimas arrumbadas en el olvido. Ahí están los constantes homenajes sin la más mínima consecuencia legal, a pesar de que están prohibidos. ¿Eso es lo que tenemos que aceptar? ¿Esa es la convivencia democrática que nos merecemos?

En la manifestación multitudinaria exigiendo la libertad de los terroristas, estaba el individuo que brindó en Navidad con la secretaria general del PSE. Ese sí que no sabe lo que es «tener entre las manos un ser querido ensangrentado», como dice la viuda de Portell del señor de Guadalajara, pero sabe muy bien como ensangrentar a ese ser querido, se esfuerza infinitamente por ayudar a los que lo ensangrentaron y desprecia absolutamente el irremisible daño que causaron.

Por eso a mí sí que me representa, y mucho, un señor de Madrid -por cierto, una de las ciudades de España más azotadas por el terrorismo-, o de Guadalajara, o de Cuenca, o de Extremadura, lugar de procedencia de tantos Guardias Civiles a los que les arrancaron la vida en plena juventud. Y me siento inmensamente agradecida por su sensibilidad y cercanía. Y comprendo perfectamente el sentimiento de traición que experimentan algunos socialistas -ojalá fuesen más-, cuando ven que sus representantes brindan y se sientan a la mesa con los cómplices de los asesinos de sus compañeros y de tantos otros. Ellos no quieren formar parte de esa legitimación vergonzante del terror que se está cocinando a fuego lento.

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Ignominia en Alsasua

Publicado en Libertad Digital el 7 de noviembre de 2018

El pasado domingo se desveló en Alsasua -con toda su crudeza- la verdadera situación que se vive en el País Vasco y Navarra. No fue una provocación. Fue una constatación. El odio está ahí, dispuesto a saltar contra cualquiera que ose cuestionar el pensamiento único, el status quo del nacionalismo preeminente y la docilidad sumisa de los demás. Nada se puede salir del guión si no queremos despertar la furia de los guardianes de las esencias separatistas.

Ha aflorado la falsa derrota del terrorismo. Se ha visto a las claras que el fanatismo radical, la justificación obscena del terror campan a sus anchas, sin cortapisas, y que los adláteres de Eta no toleran que nadie que no sean ellos tenga algo que decir en sus dominios. Y lo que es peor, ha quedado al descubierto que hay muchos que están dispuestos a permitirlo en silencio y se indignan ante los que desenmascaran las mentiras políticamente correctas.

Fue terrible contemplar los insultos, las amenazas, los gritos de cientos de individuos enardecidos por el odio, un odio que no sacia ni la sangre inocente derramada, como si no fuera suficiente el inmenso daño causado ya. Pero fue aún más atroz ver que allí, entre aquella muchedumbre de moral hedionda, se encontraba el asesino en serie de diecisiete personas. Y fue desolador volver a constatar que ese miserable criminal está en libertad porque el Estado de Derecho no ha sido capaz de aplicarle la pena que merecía. Fue repugnante que los españoles que acudieron a Alsasua a reivindicar la libertad, a homenajear a la Guardia Civil y a defender la integridad de la Nación, tuvieran que soportar la presencia provocadora e indecente de ese asesino, y probablemente de otros como él que también estarían allí. Y fue demoledor comprobar que el manido “relato” que se está fabricando -como si la verdad no brillase por sí misma-, no es más que una acumulación de burdas mentiras urdidas por los que quieren lavar sus conciencias por haber desertado de la auténtica derrota del terrorismo, y por los que pretenden legitimar que tuvo una razón de ser y equiparan a los que fueron asesinados con sus asesinos.

Ahora, la verdad está al descubierto. Sin tapujos. Eta quiere el control, quiere mandar, quiere continuar imponiendo su voluntad. Por las buenas o por las malas. Y los cobardes están dispuestos a transigir con sus exigencias a cambio de una paz fingida, de una retirada pusilánime, del abandono del respeto a las víctimas y a la sociedad española; a cambio de mirar para otro lado cuando los asesinos -liberados por un Estado que no ha sido capaz de cumplir con su obligación de impartir justicia- increpen y amenacen a los españoles que defienden la libertad. ¡Qué ignominia!

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