Crimen y castigo

No utilicen políticamente a las víctimas

Publicado en El Mundo el 13 de febrero de 2018

El Gobierno de España, junto con el partido que lo sustenta, ha iniciado una intensa campaña para conseguir que no se revoque la Prisión Permanente Revisable aprobada por el Congreso en marzo de 2015 en el marco de la Ley de Seguridad Ciudadana. Por esta razón, en todos sus actos y declaraciones, exige -a algunos, no a todos- el apoyo incondicional a esta medida so pena de que si no la secundan pasen a ser considerados adláteres de los más crueles criminales que pueblan nuestra nación.
Ocurre, sin embargo, que en 2003 otro Gobierno, apoyado por las mismas siglas, aprobó una Ley Orgánica denominada de “Medidas de reforma para el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas”, que modificó el Código Penal para elevar el límite máximo de cumplimiento a 40 años y para que los beneficios penitenciarios, los permisos de salida, la clasificación en tercer grado y el cómputo de tiempo para la libertad condicional en los supuestos de crímenes especialmente graves se refiriesen siempre a la totalidad de las penas impuestas en las sentencias, además de incorporar períodos mínimos de cumplimiento efectivo de las condenas antes de que se pudiese otorgar el tercer grado penitenciario y la libertad condicional.
Por tanto, ya teníamos una Ley que venía a impedir que en el futuro se siguiera produciendo la escandalosa situación de los asesinos múltiples, en su inmensa mayoría etarras,  condenados a cientos o miles de años que pasaban un máximo de quince años en prisión, merced a lo estipulado por el Código Penal de 1973. También teníamos la doctrina Parot, que precisamente trataba de subsanar la levedad de aquel código y que se empezó a aplicar en 2006. Esa doctrina fue oportunamente derogada en tiempos del actual Gobierno por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con el juez español Luis López Guerra argumentando en contra de su propio país. Setenta y ocho criminales, la gran mayoría terroristas, pero también otros delincuentes, salieron de la cárcel en una interpretación de aplicación de la sentencia que no fue precisamente restrictiva.
Entonces lo consideraron inevitable. Ahora, defienden a capa y espada la prisión permanente revisable, que es una buena medida, no lo discuto. Pero que no era necesaria con la mucho más estricta ley de “Reforma para el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas” vigente. En cualquier caso, no se puede utilizar la defensa de una medida que dos millones de españoles han apoyado con su firma y que está siendo promovida por personas que han sufrido terribles tragedias en sus vidas, para atacar al competidor político, mientras al verdadero adversario, al que ha propuesto su derogación, o al que la apoya, no se le critica porque electoralmente no se le considera un rival o se le necesita para que apoye los presupuestos.

Las víctimas de delitos de asesinato, sus familias, se merecen el respeto de los gobernantes y de los partidos políticos. No pueden ser utilizadas políticamente con fines ajenos al interés prioritario de protegerlas y de garantizar su derecho a la justicia. Hacerlo es una indecencia y una inmoralidad.

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Perversión informativa

Publicado en El Debate de Hoy el 17 de enero de 2018.

La influencia de los medios de comunicación en la opinión pública es incuestionable. En las facultades de ciencias de la información se enseña que una de las funciones de la televisión, además de informar y entretener es formar. Eso ya se practica poco, se ha sustituido –especialmente en las televisiones autonómicas controladas por los nacionalistas- por un adoctrinamiento constante, a veces burdo, a veces ridículo, pero también a menudo ofensivo e inmoral. Y por desgracia, casi siempre muy eficaz.

Uno de los últimos ejemplos de manipulación ideológica a favor de fines espurios que sobrepasan la labor informativa, ha sido la emisión por parte de la televisión pública vasca de un reportaje sobre hijos de terroristas en prisión, en el que se les presenta como víctimas de la injusta crueldad represiva de un estado que no tiene sensibilidad para evitar que tengan que desplazarse miles de kilómetros para visitar a sus padres encarcelados no se sabe muy bien porqué. Y es cierto, esos niños son víctimas inocentes, sí, pero lo son de sus propios padres delincuentes, en muchos casos asesinos sin piedad. Esa es la causa de que no vivan  en familias en las que ninguno de sus miembros tenga que saldar cuentas con la sociedad. Y ese debería ser el enfoque honesto de cualquier reportaje que abordase esa cuestión.

Los medios, además, tienen la capacidad de elegir los temas a abordar. Cuando no se habla de algo no existe y cuando se emite un reportaje en “prime time” puede llegar a tener una gran repercusión. La emisión del programa sobre los niños hijos de terroristas ha sido cuidadosamente preparada para que coincida con la manifestación a favor de los terroristas encarcelados que se celebró el 13 de enero en Bilbao, en la que por cierto también se utilizó sin ningún escrúpulo a niños, sin respetar su derecho a la intimidad. La obvia pretensión de estas iniciativas es apoyar las excarcelaciones, la impunidad, la injusticia, aunque sea mancillando esa  inocencia infantil lastrada por las culpas de sus mayores.

Pero lo que resulta especialmente inmoral, ofensivo, cruel y perverso es que esa televisión no dedique ni un minuto de su tiempo a los niños que han crecido sin padres porque ETA los asesinó. Para esos niños no hay cámaras, ni compasión, ni empatía. No importa la ausencia irremisible de la figura paterna, el vacío, la soledad, el dolor, la desesperación, el terrible encuentro con un mal desconocido e inesperado. ¿Acaso esos niños no merecen que su testimonio sea escuchado? ¿Acaso su mensaje no puede despertar conciencias, ayudar a sanar a una sociedad tantos años podrida por la complicidad y el silencio? ¿O es que no se quiere mostrar la realidad, la verdadera estela de dolor que el terrorismo ha provocado y que sigue presente en las miles de personas que sufren cada día la falta de sus seres queridos?

Por eso es tan indecente lo que hace la televisión autonómica vasca, lo que calla y lo que cuenta, su perversa contribución al blanqueamiento de los criminales utilizando a unos niños cuyos padres están en la cárcel por ser terroristas, y ocultando la inocencia ultrajada de los huérfanos; de esos otros niños que ni siquiera recuerdan la imagen de sus padres porque cuando los mataron ellos eran todavía bebés; de esos adolescentes heridos en el alma para siempre, de esos jóvenes o adultos golpeados sin piedad por la maldad del fanatismo. Es indecente que ocurra algo así en una televisión pública, que esa estrategia vil de promoción de la comprensión hacia ETA se pueda ejecutar sin consecuencias; como es indecente que los terroristas acudan a las tertulias televisivas o que se retransmitan -¡y se hagan!- los homenajes que reciben cuando salen de prisión.

Aquellos que dicen defender la dignidad de las víctimas deberían demostrarlo con hechos, impidiendo que ofensas tan dolorosas y humillantes ocurran cada vez más ante la indiferencia general.  Porque no se trata solo de la dignidad de las víctimas y de respetar su dolor, se trata también de la dignidad de la Nación y del respeto por nuestro Estado de Derecho.

 

 

 

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El terrorismo no es historia

Publicado en Arovite.com el 20 de noviembre de 2017.

Hace seis años que la banda criminal que ha arrebatado inmisericordemente 858 vidas, ha mutilado física y emocionalmente a miles de personas y ha sometido a la sociedad española a un estado de alerta y temor permanentes, pactó con el establishment político dejar de matar con contrapartidas y sin dejar de existir.

Desde entonces, con prisa y sin pausa se ha ido implantando un clima de indiferencia, una mirada fría, una actitud distante, cansada, incluso aburrida ante un pasado doloroso que se quiere olvidar. ETA ya no mata, lo demás no importa. No importa que cientos de los crímenes que cometió aún permanezcan impunes. No importa que a los terroristas que salen de la cárcel se les reciba en sus pueblos con homenajes públicos, no importa que el Gobierno Vasco financie con millones la equiparación del terrorismo con “otras violencias” ni que lo incluya en una amalgama de periodos históricos que pretende situar a la par. Ni tampoco importan las víctimas, ese molesto recordatorio que impediría la obscena justificación del terror.

Las víctimas, a las que se está convirtiendo en objeto de estudio, de análisis sociológico que se observa con asepsia investigadora. Las víctimas, que han dejado de ser un referente, un símbolo de la defensa de España, de su democracia y de su libertad. El gran valor que representan, su fuerza, su capacidad para aunar a los españoles, para que nos sintamos orgullosos de nuestra resistencia como Nación frente al fanatismo separatista y criminal, se está diluyendo inerme ante la voluntaria deserción de quienes nos dirigen, que han decidido complacer a los nacionalistas en su pretensión de arrumbar los pecados que les incomodan.

Pero el terrorismo y sus víctimas no son historia. No todavía. Y no lo serán mientras exista un solo hijo sin padre, un padre sin hijo, una esposa sin marido, un hermano, un nieto, un amigo, una sola persona amputada de un ser querido. Y no lo serán mientras un solo asesinato haya quedado impune y un terrorista permanezca sin ser juzgado. Y no lo serán mientras la sociedad en su conjunto no haya superado los efectos devastadores que ha causado ETA y haya rechazado de plano los planteamientos perversos que la alimentan hoy todavía y que pretenden justificarla para la posteridad.

El tiempo puede ayudar a convivir con el dolor por la pérdida, por la ausencia irremisible, pero también ayuda –y mucho– sentir la protección del Estado, su apoyo incondicional. Cuando hay familias mutiladas por el terrorismo que descubren que el autor del asesinato lo pudo cometer porque se benefició de la amnistía de 1977, que no ha sido procesado por un error judicial, una negligencia o ausencia de investigación, que participó en negociaciones con el Gobierno, que un parque infantil, una calle o un monolito, están dedicados a su memoria, que en institutos e ikastolas hay profesores que promueven homenajes a los etarras que mataron a su familiar, ¿qué pueden sentir? Desde luego, no el amparo del Estado de Derecho.

La lucha contra el terrorismo ha tenido luces –muchísimas, muestras de heroísmo, de determinación, de firmeza, de resistencia– pero también sombras que si no se pueden subsanar, al menos se deben reconocer. Y nos queda por construir un futuro en el que la derrota que se merece la banda ETA y cuanto la rodea sea real, completa y definitiva. Y para eso hace falta justicia sin mancharla con impunidades acordadas en la sombra, hace falta claridad conceptual y perseverancia y es indispensable no renunciar a la ejemplaridad, al valor excepcional del significado moral de las víctimas del terrorismo, sin permitir que los que quieren salvar a los terroristas de su abismo de maldad diluyan sus crímenes en un magma de indecentes equiparaciones.

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El alma de España

Publicado en Libertad Digital el 10 de octubre de 2017

España tiene alma, un alma profunda y arraigada que cuando ve su cuerpo en peligro aflora con fuerza para defenderlo. Así  ha ocurrido cada vez que su integridad ha sido atacada. A lo largo de la historia, el espíritu de pertenencia  a una patria común nos ha impulsado  a defendernos de los que sucesivamente han intentado dominarnos. Desde los árabes, a los que logramos expulsar tras ochocientos años de tenaz voluntad, hasta los franceses, ante cuya invasión fue el  pueblo quien se rebeló. También nos hemos enfrentado entre nosotros -muchas veces por desgracia y también en Cataluña en 1640- pero desde la etapa contemporánea,  nuestras terribles  luchas fratricidas nunca lo han sido para separarnos sino para tratar de imponer visiones contrapuestas. Austrias frente a Borbones, liberales o Carlistas, guerras civiles, golpes de Estado, revoluciones, convulsiones de todo tipo han jalonado nuestra  historia y, a pesar del daño que causaron, quienes promovieron esos episodios lo hicieron en aras del bien de la Nación. Siempre. Aunque estuvieran equivocados. Hasta que llegaron los nacionalistas.

Los nacionalistas han sembrado una discordia mucho más peligrosa porque alcanza a la pura esencia del ser de España. No discrepan en el enfoque, en el qué hacer o el cómo hacer, teniendo como marco natural e indiscutido a la Nación española. Ellos discrepan en el fondo, en  la propia existencia de la  Nación, no quieren el bien común –sea por el camino que sea- solo quieren el suyo propio. Pretenden destruir nuestro ser. Por eso son el cáncer más peligroso que nos puede atacar. Y por eso es imperativo e insoslayable atajar su propagación sin permitir que crezca y se fortalezca.

Sin embargo, hace muchos años que España padece un nacionalismo feroz y traicionero al que los sucesivos gobiernos han dado alas irresponsablemente a cambio de mezquinos intercambios con intereses cortoplacistas. No se molestaron en prever o calibrar lo que ocurriría y ahora lo tienen enfrente, poderoso y retador, lanzando un órdago ante el que no saben cómo reaccionar. Un órdago infamante que los separatistas creen que pueden ganar porque han ganado ya muchas partidas hasta llegar hasta aquí. Y quizá sus cálculos hubieran sido acertados si solo hubieran tenido que seguir avasallando a un Gobierno pusilánime. Pero se han topado con el pueblo español. Se han topado con el alma de España que vive en cada uno de sus hijos; esos hijos que tantas veces se han peleado entre sí pero que siempre han sabido que  su casa es la de todos; esos hijos que, aunque la quieran de distinta manera, lo primero que quieren es que su patria exista. Y por eso, los españoles catalanes, apoyados por los del resto de España, salieron el domingo 8 de octubre a la calle, a proteger su casa, a proteger su ser. Y por eso se pusieron delante de los gobernantes para marcarles el camino, para decirles que ellos, que nosotros, los que fueron, los que somos y los que serán, conformamos esta Nación imperfecta pero fuerte, mucho más fuerte de lo que muchos pensaban. Y si ese Gobierno, esas instituciones, no son capaces de cumplir el mandato fundamental de preservar nuestro ser, los españoles se lo reclamaremos también a ellos, al igual que lo hemos hecho a lo largo de la historia cada vez que nuestros dirigentes no supieron estar a la altura de los acontecimientos. Como ocurrió, sin ir más lejos,  con Godoy.

 

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Idoia y Miguel Ángel

Publicado en El Mundo el 14 de junio de 2017

Idoia y Miguel Ángel eran dos jóvenes de edades parecidas. Ambos crecieron en localidades del País Vasco que habían acogido a sus familias, procedentes de otras regiones. Sin embargo, su educación no fue similar. Ella se alimentó de odio; él de bondad y de respeto a la libertad. Los dos asumieron compromisos. Ella con la muerte; él con el servicio a los demás. A ella la maldad y el fanatismo la convirtieron en un monstruo; de él la tragedia hizo un héroe. Una tarde, cuando Miguel Ángel tenía 28 años y se dirigía a la estación de tren para regresar a casa, fue interceptado por unas alimañas y ya nunca pudo volver a su hogar. A pesar de las súplicas de millones de personas que clamaban por su vida, la implacable serpiente le sentenció y su nuca, su nuca inocente, fue atravesada por el plomo de la muerte. Sin piedad.

Por entonces, Idoia tenía un currículum difícil de superar. Había intervenido directamente en los asesinatos de 23 personas. Sí, 23. Mató guardias civiles -12 en la Plaza de la República Dominicana, en Madrid-, policías, militares, gente que pasaba por ahí…Todos con nombre y apellidos y con vidas por vivir. ¿Cuánto sumarán los años que Idoia arrebató a sus víctimas?

Tras su detención y extradición desde Francia, Idoia fue juzgada y condenada a más de 2.000 años de prisión. En la cárcel, probablemente aplaudió el asesinato de Miguel Ángel y lo celebró brindando con champán, como era lo habitual. Aunque quizás habría preferido que el Gobierno cediese al chantaje y la sacase a la calle con sus compañeros. No fue así. Miguel Ángel se convirtió en el símbolo de la dignidad y la defensa de libertad, mientras que Idoia permaneció donde la sociedad pudiera estar a salvo de su odio y donde pagase por el inmenso daño que causó.

Los tiempos cambiaron y se buscaron fórmulas para que los asesinos en serie como Idoia salieran de la cárcel. Se echó la culpa a Estrasburgo de la derogación de la doctrina Parot y se inventó la vía Nanclares para procurar otras puertas de salida. Entonces, Idoia dijo que estaba arrepentida, aunque jamás colaboró con la justicia para demostrarlo. Y empezó a obtener permisos para salir esporádicamente de la cárcel. Ayer recibió el «licenciamiento» definitivo y será una ciudadana libre con todos los derechos.

Mientras, Miguel Ángel, poco a poco fue cayendo en el olvido. Los jóvenes no saben quién fue, ni lo que representó. ¿Qué importa ya? El destino ha querido que coincidan en el tiempo el vigésimo aniversario de aquel atroz asesinato, con la salida de prisión de Idoia, después de cumplir 23 años de condena, uno por muerto. Idoia podrá vivir su madurez tranquilamente, en casa, venerada por los muchos que le agradecen los servicios prestados y ante la indiferencia de los demás. Miguel Ángel seguirá para siempre en su tumba de Ermua, como cada uno de los 23 a los que Idoia arrebató la vida, como tantas otras víctimas del odio desperdigadas por España. Así acaba la historia. Los inocentes, muertos y olvidados. Los asesinos en libertad y homenajeados, cuando no ocupando cargos públicos. Y el Gobierno vasco trabajando con denuedo para igualar a las víctimas de «todas las violencias» y pretendiendo que creamos que son lo mismo Idoia y Miguel Ángel. ¿Lo conseguirán?

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El escenario de la indignidad

Publicado en El Debate de Hoy.es el 8 de abril de 2017

Cuando mi hija escuchó la noticia de que la banda ETA iba a escenificar un acto público con miles de personas ensalzándola me preguntó si pertenecer a una organización terrorista era delito. Le contesté que sí y  me dijo lo que cualquier persona no contaminada por el interés circunstancial piensa, ¿entonces, por qué les dejan hacer ese acto y no les detienen?

Esa es la gran cuestión ¿Por qué les dejan? ¿Por qué se tolera esta gran pantomima, esta inmensa apología del terrorismo, este folclore indecente de exaltación, bailes y fiesta? ¿Por qué tenemos que ver a los terroristas contentos, exultantes, dueños de la situación, orgullosos, lanzado soflamas a sus acólitos? ¿Así es como se celebra una derrota?

La puesta en escena de Bayona es mucho más que un insulto a las víctimas y a los españoles. Es una reivindicación orgullosa del pasado que pretende prolongarse en el futuro. Es el colofón de una etapa y el inicio de otra, con las mismas personas, con los mismos asesinos queriendo controlar a la sociedad vasca. Es una jornada festiva para agradecer a ETA los servicios prestados. Para agradecerle sus crímenes.

Que ETA pretenda presentarse como una organización generosa que promueve la paz es un cruel sarcasmo pero que el Gobierno de España se lo permita es trágico. Porque la puesta en escena de Bayona no habría tenido lugar si el Gobierno español hubiese pedido al Gobierno francés que la impidiese.Sin embargo, no lo ha hecho y al no hacerlo está otorgando a la peor escoria de la sociedad una legitimidad que jamás debería tener. ¿Por qué? Otra vez esta pregunta lacerante.¿Por qué se consiente que la iniciativa la tenga ETA? ¿Por qué las fuerzas de seguridad, francesas o españolas, o ambas, no son quienes “verifican” esa entrega de armas? ¿Por qué se permite a la banda crear a su antojo la  escandalosa propaganda que se está haciendo entorno a esta farsa?

Y pensar en la respuesta a tantos porqués asusta. Asusta la sospecha de que está todo pactado, que se ha negociado cada paso, cada concesión, que se está dispuesto a consentir la transformación de una banda de asesinos en una organización legal y respetable, que se está dispuesto a privar de su derecho a la justicia a las víctimas del terrorismo otorgando una impunidad disfrazada de beneficios penitenciarios a los asesinos, que se está dispuesto a pasar página y olvidar.

Los precedentes avalan este temor. En mayo de 2011 el Tribunal Constitucional, por un solo voto de diferencia legalizó a la coalición Bildu en contra del criterio del Tribunal Supremo y un año después ocurrió exactamente lo mismo con Sortu, partido que el Tribunal Supremo había considerado sucesor de Batasuna que a su vez formaba parte de ETA.

Estas legalizaciones han hecho posible que en las instituciones del País Vasco se sienten centenares de proetarras y que personas condenadas por delitos de terrorismo dirijan esos partidos o sean contratadas para ocupar cargos en organismos de la administración pública y también han hecho posible que en el Parlamento Vasco haya un diputado que fue condenado a once años de cárcel  por pertenencia a banda armada y que en el Congreso de los Diputados tengamos como parlamentaria a una individua que siendo alcaldesa de Hernani  pidió un aplauso para los asesinos de la T4.

Tenemos el precedente de la derogación de la doctrina Parot que a través de una interpretación más que cuestionable de una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sacó de la cárcel a 78 terroristas, los más sanguinarios, los que acumulaban más años de condena, los que habían cometido decenas de atentados y que cumplieron escasos meses por cada una de las vidas que habían arrebatado.

Tenemos el precedente, bochornoso y escandaloso, de la rueda de prensa que ofrecieron en Durango vanagloriándose de sus crímenes. Tenemos el precedente de los planes que elabora el Gobierno, como la vía Nanclares, para conceder todas las facilidades a los terroristas para que salgan de la cárcel con falsos arrepentimientos y sin colaborar con la justicia para esclarecer los más de 300 asesinatos aún sin resolver.

Y tenemos el nuevo plan que ha presentado el PNV al Gobierno para que ponga fin a la política de dispersión, acerque a los presos al País Vasco y en poco tiempo –ya buscarán una excusa o sino lo harán de tapadillo- sacarlos a todos a la calle. De hecho, en los últimos cinco años el 40 por ciento de los presos de ETA ha sido excarcelado.

Esos precedentes, las mentiras que negaron los hechos después consumados, la tolerancia y el dejar hacer, el desestimiento de quienes tienen la obligación moral de mantener el listón ético de la vida política; el hastío, el cansancio, la soledad, de quienes se sienten abandonados por los que pensaban que les representaban nos conducen a un escenario final que no es el que debería haber sido. Un escenario en el que los terroristas ya no matan pero siguen defendiendo su proyecto político, cuentan con instrumentos para ello, se les concede honorabilidad y espacio público mientras se arrincona a las víctimas y no se las defiende cuando los que las mataron las equiparan con “otras violencias”.

Ese es el escenario al que nos avecinamos, en el que estamos ya. Un escenario en el que los asesinos bailan y cantan contentos mientras las víctimas lloran solas. Un escenario de escarnio, de indecencia, de indignidad, de injusticia, de impunidad. Un escenario que podría haber sido otro, que debería haber sido otro, el que tantos años de sufrimiento, dolor y resistencia se merecen.

Debería haber sido un escenario en el que ETA no existiera, la hubiéramos hecho desaparecer con la fuerza de la Ley y del Estado de Derecho, en el que las víctimas ocupasen el lugar que les corresponde como héroes de la democracia, en el que la verdad brillase con intensidad y todos los españoles la conociesen sin que les fuese hurtada o mancillada, en el que la justicia no se hubiese manchado nunca con el polvo del camino y fuese de verdad igual para todos, dando a cada cual lo que se merece proporcionalmente con el daño causado.

Debería haber sido un escenario en el que se hubiese erradicado el odio que alimenta a los terroristas y sus acólitos, en el que la libertad fuera auténtica y no se considerasen legítimas  las ideas que la vulneran. Un escenario en el que no hubiera suelos éticos sino superioridad moral. Pero no, hemos renunciado a lo que nos merecemos. Por eso permitimos a ETA que baile aurreskus a sus gudaris. Qué dolor.

 

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Mentiras y propaganda.

Publicado en La Gaceta el 7 de abril de 2017

Las víctimas del terrorismo en particular, pero también todos los españoles, nos estamos viendo sometidos al escarnio de contemplar un bochornoso acto propagandístico de una falsa entrega de armas organizada por una banda de asesinos y sus amigos, sin la más mínima credibilidad, ante la absoluta pasividad de los poderes públicos, cuyo silencio resulta clamoroso.

Resulta desolador que la iniciativa en un supuesto final de ETA, que ya no es ni derrota ni final, sino transformación, la lleve la propia banda criminal que mueve los hilos a su antojo y que obtiene constantes concesiones pactadas en oscuras negociaciones.

El Estado no ha derrotado a ETA. Ha renunciado a derrotarla. Se ha conformado con que ella misma decida dejar de matar sin dejar de existir y a cambio le ha permitido que acceda a las instituciones, que gobierne o controle numerosos municipios en el País Vasco y que mande a Madrid a diputados y senadores.

El Estado ha sacado de la cárcel a los más sanguinarios asesinos en serie aplicando de forma torticera una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la “Doctrina Parot”, ha puesto al alcance de los terroristas en prisión todas las facilidades para acortar el cumplimiento de sus penas, obviando la necesaria e imprescindible colaboración con la justicia que en teoría se les requiere. En cinco años se ha reducido en un 40 por ciento el número de etarras en la cárcel y en pocos años más ya no quedará ninguno. Sus víctimas ya no importan, son el pasado. Las sentencias judiciales serán papel mojado. Todo vale a cambio de la paz. Todo, incluso que ETA se convierta en un ente legitimado y activo en la política, cuyo pasado hay que olvidar.

Que triunfe ese infame planteamiento es lo que pretende la banda criminal y también los nacionalistas vascos. Pero es lamentable que los partidos nacionales y el Gobierno de la Nación se hayan plegado a tales propósitos, que estén dispuestos a que se hurte a las víctimas el derecho a la justicia y a los españoles el derecho a vivir en una sociedad en la que no se olvide ni arrincone a sus héroes, en la que no se permita la exaltación del terror ni el enaltecimiento de los asesinos. Una sociedad en la que no se difumine el bien y el mal, en la que no se tolere la equiparación entre los que mueren y los que matan, en la que no se mercadee con la justicia ni con la dignidad.

Pero no. El acto organizado por ETA y tolerado por el Gobierno es una nueva humillación, una nueva provocación y una nueva mentira que solo beneficia a los terroristas. Y las inquietantes preguntas que habría que hacerse son ¿Por qué? ¿Es que no somos capaces de poner a cada cuál en su lugar? ¿Es que no queremos? ¿Es que no creemos en la fuerza del Estado de Derecho? ¿O es que hay otros intereses políticos que se anteponen a la verdadera derrota del terrorismo?

Hay precios que jamás se deben pagar.

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