Ana María Vidal-Abarca, una mujer imprescindible

Por Paulino Baena.

Publicado en La Razón, el 23 de junio de 2015.

Creo, sinceramente, que este mundo merece la pena sólo porque por él han pasado personas de la talla humana de Ana María Vidal-Abarca. Nadie mejor que ella para reconciliarte con la vida, para ponerte mirando allí donde debes concentrar tu atención y dejar de atender a esos ruidos cercanos, cotidianos, casi siempre de orden material, que no hacen otra cosa que distorsionar, a veces hasta conseguir ocultar aquello que verdaderamente importa.

Los que hemos tenido la inmensa suerte de conocerla, de tratarla, sus familiares –entre los que me encuentro- siempre hemos mirado hacia ella como una fortaleza moral. Su figura se elevaba sobre nosotros como un faro, cuyo haz de luz iluminaba el camino a seguir. Dispuesta a minimizar los problemas de cualquiera que se le acercara, porque, como solía decir “siempre hay muchas cosas por las que dar gracias”; alguien a quien recurrir, que te ofrecía su apoyo sincero, una ayuda desinteresada que te reconfortaba, que te pintaba una realidad diáfana por la que manejarte sin tropezar.

Natural de Vitoria, donde había nacido en 1938, Ana María sufrió la pérdida de su marido Jesús Velasco Zuazola, comandante de Caballería y jefe del Cuerpo de Miñones de Álava, asesinado en cobarde atentado terrorista, en enero de 1980. Eran los llamados “años de plomo” donde los afectados por la lacra del terror, lejos de recibir el consuelo y la solidaridad de la sociedad y del Estado, padecían una segunda victimización en forma de olvido, cuando no de rechazo y desconsideración. Ana María, paso a paso, con escasísimos medios y apoyos iniciales, iba a cambiar esa vergonzante dinámica.

Tras la tragedia sufrida, levantó su casa de Vitoria, dejó atrás su ciudad, su tierra, sus familiares y amigos, y recaló en Madrid con sus cuatro hijas menores de edad. Al año siguiente de su llegada a la capital, 1981, fundó, junto a la ya fallecida Isabel O´Shea y Sonsoles Álvarez de Toledo, la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), una organización que ha realizado un trabajo encomiable, en sus 34 años de existencia, ayudando a cientos de familias damnificadas por el terror.

Ana consagró su vida, además de a su familia, a luchar por la dignidad de las víctimas del terrorismo. Una labor continuada a lo largo de los años, con un compromiso personal del que dejó sobradas muestras. Presidió la AVT entre 1989 y 1999 y después lideró también la Fundación de Víctimas del Terrorismo, entre 2001 y 2005. Su trabajo, su constancia y su empuje lograron, final y felizmente, que los españoles golpeados por el terror recibieran la atención y el reconocimiento que merecían.

Ana María Vidal-Abarca constituye un ejemplo de lucha por la justica, un referente moral de coraje frente a la iniquidad. Su serenidad en situaciones difíciles, su sentido de la honestidad, su generosidad para dar consuelo y reconfortar a las personas que sufrían, eran el reflejo de una persona con un corazón limpio y bondadoso.

Cada vez que utilizo un verbo en pasado refiriéndome a ella siento una profunda tristeza. Su ausencia nos deja un vacío hondo donde resuena el eco de su voz firme y tierna, mientras en nuestra mente aparece su sonrisa sincera y contagiosa. Como dijo una sobrina suya en el remolino de dolor y lágrimas que se organizó alrededor de su lecho postrero, “ha sido el sentido común hecho mujer”. Posteriormente, en el tanatorio de Tres Cantos, donde se le rindió el homenaje madrileño que merecía, y antes de trasladar sus restos a su ciudad natal, Vitoria, para recibir sagrada sepultura, una conocida periodista y escritora, amiga de la familia, la calificó de la manera que tomo prestada para el titular de este modesto texto de homenaje: “Una mujer imprescindible”.

Sencilla al tiempo que elegante por dentro y por fuera, Ana María deja cuatro hijas y doce nietos que mantendrán viva su memoria como un ejemplo de abnegación y fortaleza frente a la adversidad. Para todos sus familiares, para sus amigos y amigas -ella era la amiga soñada por su generosidad y empatía con quienes le rodeaban-, y para una legión de sinceros admiradores, Ana María Vidal-Abarca deja, con su trayectoria vital, una lección de integridad  que nos servirá para tratar de ser mejores cada día. También para pintarle una sonrisa a la vida.

Tristemente, nos ha dejado, rodeada del cariño de los suyos, con la esperanza de reencontrarnos en un mundo hecho a su imagen y semejanza,  en el que la generosidad sea la ley. Y que se cumpla. Un estado de bondad en el que hacernos fuertes para siempre.

En la mañana del miércoles 17 de junio, un día fresco de primavera norteña, con su noble alma volando ya hacia la eternidad, entregamos a su tierra vasca su cuerpo de mujer sin doblez, envuelto en la bandera de España, en un homenaje postrero a quienes derramaron su sangre por esa enseña y por cuya memoria ella tanto luchó.

De todo corazón, gracias Ana.

 

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Una heroína con estilo

Por Luis Figuerola-Ferreti.

Publicado en elduendedelaradio.com el 23 de junio de 2015

Sientes una lanzada en la espalda y la despiadada llegada del verano. Lo sientes mientras con tu amigo Eduardo pasas el sábado invitado en un cortijo rodeado de tierras de labranza, abiertas y despejadas, a orillas del Tajo. Estos paisajes en clima tan extremoso debieron de marcar la reciedumbre del paisanaje de antaño. Sólo la visión del río semiembalsado por el pantano de Azután, unos alfalfares verdes como esmeraldas y algunos pinos, fresnos, olivos y encinas refrescan la aridez del horizonte castellano manchego.

La lanzada va contigo: hoy pasarás por el despacho de los oncólogos que te vigilan para analizar el curso de tu herida. El resto de las circunstancias te llevan a evocar la grandeza del héroe tal como te lo explicaban don Celestino y Don Augusto, tus profesores de literatura. El anfitrión se llama Ramón, y es hijo de maestra. Por las noches, antes de acostarse, costumbres de aquellos tiempos, dice que su madre les recitaba poemas. A ti se te ocurre imaginar lo que sería una cabalgada del Cid campeador por esas tierras tal como la glosa Manuel Machado, el infierno que incubaba el so l bajo el casco, la cota de mallas y la coraza, el sudor que chorreaba desde la coronilla del caballero hasta las ijadas del caballo. Instintivamente dices en voz alta.

El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana…

-…al destierro, con doce de los suyos/ polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga- rematan tus compañeros de cabalgada.

El Mío Cid, el Quijote, Guzmán el Bueno…Nuestros héroes, antes de que Supermán, Batman y el Capitán América saltaran de los tebeos a las grandes superproducciones de Hollywood.

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También vivíais de heroínas. Si las queríais con armadura teníais a Ingrid Bergman o a Jean Seberg en sendasJuana de Arco. Pero a ti te gustaba más la Agustina de Aragón de Juan de Orduña, porque aquella Aurora Bautista, descotada y agitando la bandera con voz desgarradora mientras alentaba al pueblo contra el gabacho invasor te emocionaba mucho. Además ahí aprendiste El sitio de Zaragoza, una música muy marchosa que luego recreaba laBanda Municipal en los conciertos de primavera del kiosco del Retiro, y gracias a Fernando Rey te enteraste de que los grandes generales del siglo XIX como Palafox lucían patillas como hachones. La película la echaban en el colegio el día del Pilar, probablemente para alimentar la fe en la patrona de los marianistas. Qué ingenua se ve ahora aquella panoplia de heroínas, cuando las figuras eran Santa Teresa Agustina de Aragón, Florence Nightingale oAna Frank, por ejemplo, y no Shakira, Lady Gaga, Belén Esteban, Ada Colau o esa concejala tan elegante que se presenta orgullosa recordando, lo primero, su condición de bollera, como si al pueblo le fueran a bajar por eso el precio del pan. Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras.

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Tus heroínas de ahora son como Ana Vidal-Abarca, que se ha ido de nuestro lado discretamente, sin perderle la cara a la enfermedad, sin dejar de disfrutar la vida, por mal que la tratase, sin perder su elegancia y su sonrisa jamás y sin permitir que cayese en el olvido ni la vileza de los que asesinaron a su marido el comandante Velasco ni el valor cívico de la Asociación de Víctimas del Terrorismo que ella creó para perpetuar la memoria de los muertos por ETA y sacudir a las conciencias que, adormiladas por la desidia o por el miedo claudicaba ante el terrorismo. Todo lo sobrellevó y lo peleó con una fuerza, una dignidad y una generosidad de miras admirable. La última vez que te encontraste con ella en el Hospital de Sanchinarro la abrazaste emocionado, sabedor de que ahora vuestro enemigo común no hace tanto daño social como la canalla terrorista, pero también mata.

-Gracias, Ana María- debiste decirle.

Se las podría dar también cualquier español bien nacido, pero tú con razón de más. Pues al poco de instalarse en Madrid, viuda y con sus cuatro hijas, una de las pequeñas que presenció cómo los pistoleros mataron a su padre cuando las llevaba al colegio, entró a trabajar en tu agencia, y a todos impresionó que aquella criatura de dieciséis años fuera lo más dispuesta, eficaz, generosa y simpática que pasó por allí, como si en su casa nunca hubiera pasado nada malo. Años después la agencia cerró, y otros años más tarde tú ingresaste en el club de los cancerosos, y desde entonces, un ejemplo, no hay día de Navidad que esa deliciosa Inesita, hoy madre de tres jayanes como los Gasol, no se presente en tu palomar portando una caja de vinos, un bizcocho horneado por ella o cualquier otro detalle dedicado a ti. Como por diferencia de edad y otras circunstancias ambos quedáis fuera de toda sospecha, sueles darle las gracias, la felicitas y le dices que la quieres mucho, a lo que ella sonríe con cierta timidez y proclama.

-Tú siempre serás mi jefe.

La sonrisa de Inés. Otro argumento más para admirar a esa madre capaz de haber cabalgado por encima de la adversidad, del sufrimiento y el odio dejando a su paso una escuela de valor, de cariño y de simpatía que nos hace mejores a todos. Por sus frutos los conoceréis, dice Mateo de los árboles buenos. Tú has tenido la suerte de conocer los de una heroína de nuestro tiempo distinguida además por su discreción y por su finísimo estilo.

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Una mujer de gran talla humana y moral

Por Cayetano González

Publicado en Libertad Digital el 16 de junio de 2015

El 10 de enero de 1980 fue un día que marcó para siempre la vida de una mujer y de cuatro niñas de corta edad. Ese día, que amaneció gris y lluvioso en Vitoria, un comando de ETA asesinó en pleno centro de la ciudad al Comandante del Arma de Caballería, Jesús Velasco Zuazola, a la sazón Jefe del Cuerpo de Miñones de Álava, la Policía Foral de este territorio. Ese día, Ana María Vidal-Abarca y sus cuatro hijas: Ana, Begoña, Inés y Paloma, se quedaron –como tantos otros guardias civiles, policías nacionales o militares asesinados por la banda terrorista en esos años- sin un marido y sin un padre.

Quien esto escribe era entonces un joven periodista, redactor de la Agencia EFE en Vitoria. Me tocó “cubrir” la noticia del atentado del Comandante Velasco. Un atentado que conmocionó a toda la sociedad alavesa: Velasco era una persona muy querida en la ciudad, al igual que su mujer Ana y la familia de ésta: su hermano Álvaro era un prestigioso abogado.

Fue con motivo de este terrible atentado cuando tuve la oportunidad de empezar a conocer y a tratar a Ana María, fallecida en la noche de este pasado lunes en Madrid al no poder superar la batalla contra un cáncer que le fue diagnosticado hace algún tiempo. Ésta debe haber sido la única batalla que ha perdido Ana, porque todas las demás las ha ganado y por goleada.

Ganó la batalla de no dejarse dominar ni por el odio, ni siquiera por el rencor hacia los asesinos de su marido. Y eso lo hizo compatible con saber muy bien cuáles eran las enfermedades que asolaban a su País Vasco natal: el odio, ese odio que ella nunca tuvo, hacia España, fomentado por un nacionalismo que se revestía con las siglas de Herri Batasuna o del PNV. Ana siempre consideró que el separatismo era el gran cáncer del País Vasco.

Ganó también la batalla de no caer en la desesperanza, en esa actitud de quien piensa que no hay nada que hacer. Y se puso manos a la obra cuando todavía no había transcurrido mucho tiempo del asesinato de su marido. En 1981, junto a Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Sheapuso en marcha la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), la primera Asociación de ese tipo, no sólo de España sino del mundo. Era muy divertido a la par que emocionante oír a Ana contar cómo fueron los primeros pasos de aquella Asociación y el esfuerzo de todo tipo que tuvieron que hacer para sacarla adelante. Pero Ana lo tenía muy claro: había que volcarse en la defensa de los derechos de las víctimas del terrorismo que en aquellos años –los famosos años de plomo- se encontraban muy desamparadas, no sólo por los poderes públicos, sino por la propia sociedad española. Fue Presidenta de la AVT de 1989 a 1999.

Años más tarde, y al calor del pacto antiterrorista firmado por el PP y el PSOE en el 2000 se puso en marcha la Fundación Víctimas del Terrorismo de la que fue primer Presidente, Adolfo Suarez. Cuando por motivos de salud este no pudo continuar, allí estaba Ana para tomar el relevo y seguir trabajando por las víctimas del terrorismo. En el 2005 fue sustituida en la Presidencia de la Fundación por otra víctima del terrorismo ejemplar: Maite Pagazaurtundua. Para entonces, los años de dedicación y de trabajo de Ana por la causa de las víctimas se contaban por bastantes trienios.

En esos años y también después tuve la oportunidad de hablar muchas veces con Ana, sobre todo durante el proceso de negociación política con ETA que llevó a cabo Zapatero y que provocó la movilización continua y constante de las víctimas del terrorismo y de una gran parte de la sociedad española. Siempre encontré a Ana muy firme, muy serena, al mismo tiempo que muy entristecida por lo que estaba haciendo el entonces Presidente del Gobierno, no solamente con ETA, sino también con las víctimas del terrorismo. Pero incluso en esos momentos no la escuché una palabra malsonante. Era toda una mujer, de gran talla humana y moral.

Y como el ejemplo de los padres cunde, sus hijas han heredado ese espíritu y han sido y son también unas luchadoras. La que más proyección pública ha tenido es la hija mayor, Ana, que con frecuencia escribe en la prensa unos artículos demoledores, desenmascarando las mentiras del nacionalismo y las traiciones a las víctimas que han cometido los gobiernos de Zapatero y de Rajoy.

Por todo ello, en el momento de su muerte, además de mandar un abrazo muy fuerte a sus hijas y a sus seres queridos, me quedo con la imagen y el recuerdo de una gran mujer: fuerte, valiente, positiva, llena de vida, de esperanza. Descanse en Paz, Ana María Vidal-Abarca.

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En memoria de Ana Vidal-Abarca

Por Javier Zarzalejos.

Publicado en http://www.fundacionfaes.org

Sin otros medios que un apartado de correos y un par de anuncios en prensa, hace más de 35 años tres mujeres fundaron la Asociación de Víctimas del terrorismo. Una de ellas era Ana María Vidal-Abarca quien junto a Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O´Shea hicieron germinar en el País Vasco un testimonio de solidaridad y decencia en lo que entonces era un desierto de miedo y silencio cómplice en el que quedaban agostados los más elementales valores cívicos y hasta la compasión con quienes caían víctimas de la barbarie terrorista.

Hoy, cuando acusamos la pérdida de Ana Vidal-Abarca, revivir su ejemplo no es sólo una forma de reconocer su inmensa contribución a la causa de las víctimas y de la lucha contra el terrorismo. Nos recuerda también que a pesar de que el mal siempre ha sido banalizado –ahora también en 140 caracteres–, hay personas cuyas obras integran una vida de valor excepcional. Esas personas son las imprescindibles para que una sociedad cuente con referentes, con verdaderos baluartes de fortaleza cívica y claridad moral, ante el ataque a la democracia, el estado de derecho y el sentido más profundo del sacrificio de las víctimas por los peores enemigos de la libertad.

Quienes conocimos a Ana disfrutamos de una mujer en actividad permanente, dedicada sin reservas a su causa que era también la nuestra. Percibíamos en ella la presencia constante en el recuerdo de su marido Jesús, jefe de la Policía Foral de Álava, asesinado por ETA en Vitoria en enero de 1980. Valorábamos su serenidad y equilibrio que en nada debilitaba sus convicciones sino que las hacía más persuasivas y firmes.

Lo que Ana María Vidal-Abarca vivió para defender y reivindicar no es pasado. Lo que ella hizo, y todo lo que contribuyó decisivamente a hacer, no son páginas de un libro que haya que cerrar. Bien al contrario, su valioso legado merece algo más que un recuerdo; merece el compromiso de continuarlo, de impedir que el mal que ella combatió reaparezca para borrar la memoria de los que sufrieron injustamente y la responsabilidad de quienes infligieron ese sufrimiento.

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Ana María, nadie ha podido estar a tu altura

Por Consuelo Ordóñez.

Publicado en http://www.COVITE.org el 17 de junio de 2015.

La historia se repite. Cuando hay una persona excepcional que hace cosas históricas por su gran condición humana, el final de ese inicio nunca se parece al comienzo. Ana María, nosotros queremos fijarnos en ti. Has sido un ejemplo de dignidad, de lucha, de humildad, nunca te estaremos suficientemente agradecidos, pero sí queremos devolverte ese gran favor que nos hiciste ya hace muchos años, y lo queremos hacer como sabemos que a ti te gustaría: con el trabajo incansable por la memoria, dignidad y justicia de los que ya no están con nosotros, y al que hasta hace unos días nos animabas tú misma.

Yo no viví esos comienzos tuyos, en esas circunstancias tan duras, cuando morir asesinado por ETA ni siquiera era noticia, cuando morir asesinado por ETA no merecía ni la mínima atención por los representantes de nuestras instituciones, cuando las familias más privilegiadas tuvieron la Iglesia casi llena, y la mayoría la tenían casi vacía. Cuando el recuerdo era tan efímero que duraba el día del entierro.

Esos “años de plomo” no pueden compararse con ninguna época vivida en España después. No hay nada igual a esos “años de plomo”, hoy nadie conoce un solo nombre de alguien que fuera asesinado esos años. Por eso me ha dolido el tener que leer algún desafortunado artículo en el que lo que se narraba en él se comparaba con esos años, cuando nada tenía que ver.

En esas circunstancias y tan solo un año después de que te arrebataran a Jesús, empezaste a construir Historia, la que han querido ocultar y siguen queriendo ocultar los que han ostentado el poder en nuestro país. Hoy en nuestra querida tierra, además, se trabaja con mucho ahínco para tergiversar la historia que tú has vivido en primera persona como tantos miles, para blanquearla, y así vivir el presente como si ETA nunca hubiese existido. He de reconocer que para la sociedad vasca, acostumbrada a ser complaciente con nuestro dolor o a mirar hacia otro lado, es mucho más cómodo para sus conciencias.

Hoy, incluso, algunos hasta vienen encantados y agradecidos a nuestra tierra desde otros puntos de la geografía española cuando son invitados al “maravilloso País Vasco”, sin conocer lo que hoy está pasando.El sábado, sin ir más lejos, en la localidad de Oñati, fuimos testigos de cómo la cultura del odio sigue intacta en ese “maravilloso Pais Vasco”.

Ana María, nos has trazado un camino, te has crecido ante las dificultades, nos has dejado el listón muy alto.Y no queremos defraudarte, sabemos que te unes a todos esos amigos comunes que desde el otro lado nos guían y ayudan. Os escuchamos y os seguiremos escuchando para seguir a pies juntillas lo que queráis que sigamos haciendo.

Tu ejemplo, tu esfuerzo y tu trabajo no han caído en saco roto. Otros habrán pervertido tu legado, pero nosotros lo defenderemos y seguiremos, porque sabemos que las nuevas generaciones necesitan que les contemos lo que ha ocurrido en este país en la historia mas reciente, y que se lo contaremos con ánimo constructivo, para que como tú nos has enseñado, las nuevas generaciones se den cuenta de que tú evitaste el enfrentamiento, de que tú evitaste el odio, de que tú construiste la paz; no la paz de los cementerios, sino la construida con la memoria, la dignidad y la Justicia, esa Justicia que te han negado y por la que nosotros pelearemos.

Gracias, Ana María, por existir, por ser como has sido, por regalarnos tu ejemplo. Solo nos queda seguir trabajando como tú quieres que lo hagamos.

 

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Ana MaríaVidal-Abarca, In Memoriam

Por Eduardo García Serrano

Publicado en La Gaceta de los Negocios el 17 de junio de 2015

Conocí a Ana María Vidal Abarca en los años de plomo. Aquellos años, la década de los ochenta del siglo pasado, en los que la cobardía y el silencio institucionales eran el pan de ETA, y le daban munición política y justificación social al crimen metódico y cotidiano.“Algo habrá hecho”, era el epitafio que se escupía desde todas las ventanas de España cuando en la esquina de abajo sonaban los tiros que firmaban la muerte de una víctima. En aquellos años los caídos y sus huérfanos, los asesinados y sus viudas estaban, además, condenados a la leprosería de la democracia, ese territorio cuyos puntos cardinales son el olvido y el silencio, la vergüenza y el vacío. Ana María Vidal Abarca levantó a las víctimas del terrorismo de la postración social a la que estaban condenadas y las sacó del relicario de olvido en el que estaban confinadas.

En aquellos años hasta las puertas de las iglesias vascas estaban cerradas para las víctimas de ETA. Muchos párrocos y algunos obispos introducían los féretros por las gateras de los templos, oficiaban los funerales contrareloj en horarios disparatados y exigían que los ataúdes fuesen despojados de la bandera de España que honraba a la víctima y, como una plegaria, recordaba por qué había sido asesinada como lo fue el marido de Ana María Vidal Abarca, el comandante de Caballería Jesús Velasco Zuazola, jefe de laPolicía Foral alavesa, al que ETA mató a balazos delante de dos de sus cuatro hijas para impedir, y lo consiguió como casi todos sus objetivos, que el jefe de la Policía Foral fuese, como mandaba la ley, un jefe del Ejército español. Durante el funeral del comandante Velasco Zuazola sólo su viuda fue capaz de mostrar el mismo valor, ante el dolor y el silencio, que su marido había mostrado ante la muerte. Ana María gritó serenamente “Viva España” para despedir al soldado, al marido y al padre de sus hijas. Con ese grito Ana María firmó su sentencia al exilio.

Se trasladó de Vitoria a Madrid para fundar la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT). Aquí la conocí, la quise (la quiero) entrañablemente y la respeté (la respeto) como solo se respeta a los héroes y a los mártires, que las dos cosas fue Ana María. Su valor fluía sereno. Tan sereno como el “Viva España”  con el que despidió a su soldado. En el Madrid de aquellos años, la primera legislatura del PSOE, Ana María y su embrión de AVT resultaban tan incómodos como en Vascongadas, pero la dimensión de la Capital los empequeñecía y los ninguneaba aún más. Vino a mí, a Radio Intercontinental, de la mano de una amiga común, Pilar de la Vega, también víctima de ETA, y del recuerdo de mi padre. Me pidió ayuda, cobertura y presencia mediática para romper el muro de silencio que los albañiles del Gobierno y sus mercenarios periodísticos estaban levantando en torno a ella y a la AVT. Le ofrecí mi cariño, mi respeto y los micrófonos de esta casa y comenzamos a trabajar juntos. Lo demás lo hizo todo ella. Su palabra, su propia historia, tantas veces repetida en otras viudas y en otros huérfanos, y su vocación de sacar a las víctimas de ETA de las catacumbas sociales a las que estaban condenadas, amasaron poco a poco el primer plano que hoy tiene la AVT también, como entonces, a pesar del Gobierno.

Descansa en paz, Ana María. Déjame que te despida como tú lo hiciste de tu marido, de tu soldado, el comandante de Caballería Jesús Velasco Zuazola: “Viva España”, Ana María. Laus Deo.

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Los ecos de Antígona

Por Maite Pagazaortundúa

Publicado en El Mundo  el 17 de junio de 2015

Fundó con Sonsoles Álvarez e Isabel O’Shea la primera asociación de víctimas del terrorismo en el país. Su aportación cambió la historia íntima y política de España

Desde hace 26 siglos «cada vez que alguien venciendo el miedo se niega a ver ultrajado por el poder el cuerpo y el nombre de un ser querido pensamos en Antígona».

En 1980 el poder del nacionalismo terrorista era grande en el interior de la sociedad vasca y la recién nacida –y confusa– democracia española no había desa- rrollado los anticuerpos que, lentamente, le llevaron a entender la naturaleza antidemocrática de los asesinatos de ETA.

Ana María Vidal Abarca, viuda de Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980, madre de cuatro hijas, hermana, abuela, tía, amiga y, además, guía y ejemplo de la mayoría de cuantos la conocimos, fundó con Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Shea la primera asociación de víctimas del terrorismo en España.

Lo hicieron por ayudar a quien estaba peor que ellas, con un profundo instinto de dignidad humana y su aportación cambió la historia íntima y política de nuestra nación que dejó de ser ciega, sorda y muda ante las víctimas del terrorismo. Lo consiguieron porque nunca se amilanaron ante las dificultades.

Tuve el privilegio de trabajar a su lado en la Fundación Víctimas del Terrorismo. La seguí siempre sin pestañear, tal era su sentido común, su sentido del deber, su saber hacer y su profunda sabiduría personal.

Hace dos semanas despedíamos a otro hombre extraordinario y le preguntamos cómo se encontraba. Con su característica voz rasposa, sin darse importancia –y con un toque de ironía– respondió que «moribunda». Ana María Vidal-Abarca no puso jamás un adjetivo o un adverbio innecesario. Ni una palabra equivocada. Nunca mintió. Y se dio a los demás hasta el último día.

La que fue fundadora y presidenta de la AVT. La mujer que sucedió a Adolfo Suárez como Presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo ha engrandecido nuestro país y no hay exageración en lo que escribo. Fue una de las voces de Antígona. Escúchenla.

Un beso, mi querida, querida Presidenta.

 

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