A nadie le importa

Publicado en El Mundo el 27 de abril de 2021

En los últimos doce años, desde 2009, 569 terroristas de Eta han sido excarcelados. Hoy permanecen 193 en prisión. Pronto no quedará ninguno. Habrá quien piense que es lógico, que a medida que pasa el tiempo las condenas se van cumpliendo y por tanto las salidas están plenamente justificadas. Y en algunos casos es posible que sea así, pero algo muy profundo está fallando en la justicia española cuando faculta que condenas de miles de años queden reducidas a veinte. Y lo que está fallando, lo que ha fallado flagrantemente ha sido, es, la escandalosa injerencia política en el ámbito jurídico y penitenciario.

Desde el inicio de la democracia, las concesiones a los terroristas, condenados o no, han sido constantes. La ley de Amnistía de 1977 fue la primera. Puso en libertad a todos los etarras encarcelados, incluidos los que tenían delitos de sangre. Aquella decisión supuso que 71 asesinatos quedasen impunes. Una semana antes de que se aprobase fueron asesinados el presidente de la diputación de Vizcaya, Augusto Unceta y los Guardias Civiles que lo escoltaban Ángel Rivera y Antonio Hernández. Nunca se les hizo justicia. Quince días después lo fue el policía municipal de Irún, José Diaz. Y comenzó una escalada atroz de muertes provocadas en su mayor parte por los terroristas amnistiados.

Después, en 1982, cuando se disolvió una de las facciones de Eta, otra remesa de 300 asesinos fue beneficiada con absoluciones, sobreseimientos e indultos que se ocultaron intencionadamente a la opinión pública. Y en los años posteriores se utilizó de forma regular la política penitenciaria con acercamientos, dispersiones o progresiones de grados, en función de cómo marchaban la política antiterrorista o en su caso las negociaciones con la banda.

Una de las decisiones más graves e injustas cuyas consecuencias seguimos padeciendo hoy, fue la derogación de la doctrina Parot en 2013. La resolución que tomó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, alentado por el propio representante de España, permitió que 63 terroristas, todos ellos con múltiples asesinatos a sus espaldas, fueran puestos en libertad de forma inmediata al modificarse el criterio de contabilización de las redenciones de pena, que pasó de hacerse sobre el total de los años de condena -miles- al del máximo de treinta años permitido por el Código Penal de 1973. En la forma de aplicar aquella sentencia del TEDH fue determinante el papel del actual ministro del Interior Grande Marlasca, quién con su voto de calidad como presidente de la Audiencia Nacional, por motivos políticos, la generalizó.

Ahora, después de fórmulas como la Vía Nanclares, creada para facilitar las progresiones de grado y las excarcelaciones, llega la transferencia de la competencia de prisiones al País Vasco y los traslados de cinco en cinco, cada viernes, de los ya escasos etarras encarcelados. Y las salidas continuas, con sus respectivos homenajes impunes, por motivos variopintos como el arrepentimiento o la enfermedad. Todos falsos. Detrás solo hay indecentes pactos quid pro quo.

¡Qué alto está siendo el precio de la negociación con Eta, el precio del «cese» de la violencia, el precio de la «disolución»! ¡Qué derrota tan equívoca! Han entregado a los vencidos todo lo que han pedido, maquillándolo, disimulando, pero se lo han dado todo. Les han otorgado la «paz por presos» exigida, han legalizado su brazo político, les han concedido la legitimación de su pasado y de su futuro y ahora que están en las instituciones, el Gobierno necesita y acepta su apoyo interesado para mantenerse en el poder. Ahora, Eta aprueba presupuestos, impide reprobaciones y marca estrategias. 

Pero lo peor de todo, la mayor de las felonías es el lacerante olvido de las víctimas, el pacto de silencio y de omisión, la voluntad de hacer desaparecer el recuerdo de su existencia y su significado. El domingo 25 de abril, salió de la cárcel un individuo que ha cumplido 24 años de condena por 18 asesinatos, un individuo que se benefició de la amnistía de 1977 y que aprovechó esa gracia tan irresponsablemente otorgada por el Congreso para cometer todos sus crímenes. Un sujeto que después participó en las negociaciones de Argel y al que el propio Gobierno de España trasladó en un avión militar a Santo Domingo donde residió tranquilamente hasta que se solicitó su extradición en 1996. Y ese individuo, que ha cumplido un año y tres meses de condena por cada uno de sus crímenes, se ve nuevamente favorecido porque no se le puede aplicar la doctrina Parot que le hubiese mantenido en prisión unos años más. Ese monstruo ha salido en libertad y nadie se ha enterado, a nadie le ha importado, ni le ha escandalizado.

Un asesino, muchos asesinos, andan sueltos ante la indiferencia general, una indiferencia buscada y provocada que nos arrebata la dignidad colectiva, el respeto a nuestros muertos, a nuestros mártires. Una indiferencia que nos envilece y nos deshonra. «Dios mío, qué solos se quedan los muertos» lloraba el poeta. Cuánta razón tenía. Los han abandonado. Los han devuelto al luto escondido, como si ya no pertenecieran a la Nación por la que fueron sacrificados.

El domingo 25 de abril el asesino de mi padre salió de prisión y nadie se enteró ni a nadie le importó.

Acerca de Ana Velasco Vidal-Abarca

En este blog pretendo recoger mis reflexiones sobre el irreparable daño que ha causado el terrorismo en España y sobre la necesidad de que no obtenga réditos sociales ni políticos por sus crímenes. Pretendo denunciar las complicidades, las omisiones, los errores que han rodeado el combate contra el terrorismo separatista vasco y pretendo reclamar el derecho irrenunciable de las víctimas a la justicia y la obligación del Estado de Derecho de garantizar la igualdad, la libertad y la seguridad de todos los españoles.
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Una respuesta a A nadie le importa

  1. Jose A. García-Albi dijo:

    Sí Ana. Nos importa y nos importáis mucho a muchas personas. Y no vamos a cejar de pelear por la justicia y por devolver a las víctimas el cariño que se merecen y a los asesinos el merecido desprecio. Lucharemos por la verdad
    Pepe

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